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martes 21 de febrero de 2012

Un hombre que sabía de la vida

Miguel Delibes:
Las ratas
Don Miguel Delibes era un señor. No todo el mundo está en posesión de unos cojones tan gordos como para renunciar a un Premio Planeta. Además de tener una blindada cojonera, Miguel Delibes podía presumir de saber dónde ponía los pies, en qué mundo se encontraba, vaya. Resulta plausible –y tal vez necesaria– la afirmación de que Delibes era uno de los pocos sabios que nos ha deparado la tacaña madre naturaleza en su faceta hispana y en los últimos cincuenta o sesenta años. O sea, un tipo de los que caben pocos en un celemín. Resulta ociosa la indicación de que a los escritores de ahora este señor les viene grande. Y la literatura de don Miguel Delibes, en apariencia sencilla, encierra tal grado de humanidad que uno tiene la impresión de estar leyendo a uno de esos autores rusos que dejan al lector, después de terminar una de sus novelas, con las ganas de ir a cambiar el sentido de giro del planeta Tierra. Esta que nos ocupa es una peripecia de la España profunda, esa de la que tampoco hablan las guías de viajes, la misma que el propio Delibes retrató en Los santos inocentes, o aquella a la que Ramiro Pinilla da un repaso en Antonio el Ruso, un ciudadano de tercera; la España de los campesinos que viven atentos al discurrir del clima, a las lluvias, a los vientos, y hasta al fuego; la España del maltrato a los animales, esa secular lacra que va en el lote junto con nuestra sangre íbera, y de la que es una fatal consecuencia el desprecio y la envidia que sentimos por nuestros semejantes, sobre todo por los mismos españoles, claro, que todo lo que venga de fuera, como es bien sabido, es mayor, mejor y más saludable. Aquí en Las ratas, igual te sale uno al que el cáncer le está comiendo la cara en vida, como un individuo que arruina su ocupación en las pujas rurales porque ignora el arte de contar en pesetas, solo lo puede hacer en reales, y así pierde la oportunidad de ganar: porque no sabe. Está también el humor: esa señorita rural de bíblico mote (¡el Undécimo Mandamiento!) e ignorancia sexual supina que se pregunta por qué no crían dos conejos en su jaula, hasta que un niño avispado, que bien podría haber llegado a ministro de haber contado con un padre con posibles, le anuncia la tremenda y fatal verdad: los dos son machos. Y por supuesto están las ratas –que son generosa y eficaz fuente de proteínas–, tan queridas como sus primos lejanos los conejos, o incluso más, porque las ratas, encima, no contraen la mixomatosis y por lo tanto son más saludables para estos seres humanos que viven en cuevas y cuidan las camadas de roedores como lo que son: el forzoso y anhelado alimento del mañana.

jueves 16 de febrero de 2012

Un profeta de la estulticia

Erasmo:
Elogio de la locura
Este texto ha sobrevivido quinientos años. Y existirá mientras exista la especie humana; y si la que, eventualmente, nos sucede en la Tierra elabora algo parecido a un lenguaje escrito, puede que Erasmo se convierta en semidivino, en un profeta de la estulticia. Escrita en un tono irónico, esta obra descubre al lector del siglo XXI una de las mentes más lúcidas del Renacimiento (que ya es decir). Erasmo lo tenía claro: el mundo es de los tontos y para los tontos. Esa es la acepción de “locura” en esta obra: estulticia, estupidez, necedad. Erasmo alaba aquí los méritos de no enterarse de nada, de no saber de qué va el asunto, de estar en babia, vaya. Todos lo sabemos, hasta los necios: el que no sabe no sufre; pero Erasmo lo expresa con un cuidado de detalles y con un despliegue de erudición al servicio de la imbecilidad que, lejos de ser esto una contradicción en sus propios términos, consigue que reflexionemos sobre la desesperación consustancial al ser humano: coger el fruto del árbol de la ciencia no nos ha servido de nada. Sufrimos, padecemos y tenemos mayores tormentos que los animales. Mejor les va a las moscas que a nosotros. Por eso, los mejores de nosotros son los que eluden el conocimiento, los que se enfangan en la ignorancia y la barbarie analfabeta. El dinero fluye a las manos de los tontos, afirma Erasmo; los tontos gustan más a las damiselas, arguye poco más adelante; y concluye diciendo que el majadero será feliz, mientras que el hombre estudioso, aplicado y sabio solo conocerá el rechazo, la incomprensión, el ataque de los demás, del rebaño, que de eso sabe mucho la manada: de destrozar al que destaca, quien, encima, por sí mismo, ya sufre bastante con la sola contemplación del penoso espectáculo que nos ofrece la Humanidad a poco que nos sentemos en un banco y pongamos el oído y la vista atentos. Ese rebaño de pobres seres del que todos formamos parte no consiente que mejoremos. Somos algo más listos que los monos, lo suficientemente listos como para fastidiarnos la vida, pero no tanto como para encontrar soluciones a nuestros problemas. Erasmo lo sabía, y por eso, como quien no quiere la cosa y en clave de un finísimo humor que nuestra época va perdiendo la capacidad de apreciar, nos advierte: volved a ser niños, renunciad al saber, retornad a la estulticia, al árbol del que bajaron los monos para enfrentarse al planeta, dominarlo y, finalmente, destruirlo.

miércoles 15 de febrero de 2012

Repaso a la memoria

Paul Auster:
La invención de la soledad
Ahora que, al menos en Europa, Paul Auster vive el momento más popular de su vida como escritor, y una vez leído el grueso de su producción novelística, quizá venga bien echarle un vistazo a su obra, digamos, marginal. La invención de la soledad es una especie de memorias disfrazadas, por así decirlo, unos apuntes sobre el pasado que tal vez tengan mucho más de terapia ocupacional que de obra de arte. En las primeras páginas encontramos unas sorprendentes revelaciones acerca de la vida privada del escritor: la relación destructiva con su padre, que recuerda de lejos a la que Kafka tenía con el suyo; la existencia de una hermana aquejada de graves desequilibrios psicológicos; y, por fin y postre, el descubrimiento de un hecho luctuoso en el reciente árbol genealógico de los Auster: nada menos que la existencia de una asesina en la familia. A partir del segundo tercio del volumen, el trabajo de Auster entra en una especie de carrusel de sensaciones en las que cabe casi de todo: desde la descripción de los sufrimientos en los campos de refugiados de Camboya a fragmentos de las cartas de Van Cogh, así como las reflexiones que la obra del pintor hicieron nacer en la imaginación del joven Auster cuando el escritor en ciernes visitó Europa; aparece también su obsesión por los textos bíblicos, más bien por los del Antiguo Testamento, y más concretamente por el mito de la Torre de Babel, que también le dio para llenar unas páginas en su primera novela célebre: Ciudad de cristal; igualmente, reflexiona sobre el mito de Jonás, y, como es común en Auster, establece extraños paralelismos, esta vez con la fábula de Pinocho y el encierro de Gepetto en el vientre de un tiburón, trasunto, tal vez y según la meditada interpretación de Auster, de aquella otra vivencia, la de Jonás, en el vientre de la ballena; habla de las impresiones de un niño que puede haber sido él mismo o más seguramente uno de sus hijos, ante la exposición al filme de Supermán, cómo afectó esta a la mente de un niño hipersensible e imaginativo hasta el exceso; habla, cómo no, de las casualidades, de los encuentros fortuitos, del azar, esa otra obsesión de Auster, en toda ocasión presente en su obra, como un rubro de sus casi infinitas cualidades como inventor de historias; y también aparecen otras de sus heteróclitas obsesiones: el béisbol, el mito de Las mil y una noches, la obra de los escritores rusos como Tolstoi. Como obra narrativa La invención de la soledad no resiste la comparación con sus mejores novelas, y seguramente tampoco con las peores (si tal cosa existe); como exposición autobiográfica se queda a medio camino entre lo fabulado y lo recordado, con la consiguiente decepción que tal defecto reporta. Sin embargo, para quienes disfrutan con la prosa de Auster y no esperen en el presente caso una literatura olímpica, este libro les recompensará con un mínimo de entretenimiento.

jueves 9 de febrero de 2012

Crónica del desamparo

Julio Llamazares:
La lluvia amarilla
Llamazares es un casi anónimo escritor español y al mismo tiempo uno de los mejores, aunque sea por momentos. Marró el golpe en Luna de lobos, pero acertó de pleno en esta crónica de una devastación humana, geográfica y hasta espiritual: el fresco de la destrucción de un modo de vida, el de los habitantes de los pueblos abandonados del Pirineo oscense, una demoledora realidad que tan bien parece conocer Llamazares. Sin ánimo de caer en la hipérbole ni en la molesta faramalla de la adulación, creo honestamente que nos encontramos ante una de las diez mejores novelas publicadas en España en los últimos años. La lluvia amarilla solo tiene un defecto: es demasiado buena. Su retrato de desolación está tan conseguido que penetra en el subconsciente del lector y le deja con el corazón en un puño ante tanta tristeza, tanto abandono y tanta soledad. La soledad es el mínimo común denominador de esta truculenta novela donde no falta el suicidio, la tortura familiar, el sufrimiento de los quemados vivos que solo piden “agua y matadme; dadme agua y matadme”. Solo un hombre que ha conocido el lado oscuro puede hablarnos del “diluvio de la muerte”, de los perros a los que hay que matar para no dejarlos sufrir, de los cachorros que se pudren recién nacidos en los arroyos donde ha habido que ahogarlos; solo un genio, ahora a la sombra y que nunca fue reconocido como tal, pudo crear una crónica de desamparo que es mejor dosificar en su lectura para no destruir la (poca o mucha) fe que nos quede en la especie humana. La lluvia amarilla no solo es lo antedicho (y con ello bastaría para elevarla muy por encima de la devaluada literatura hispana de nuestros días), sino también el espejo en que se refleja la locura que puede haber conocido Llamazares de muy primera mano. No cabe en la cabeza de nadie medianamente sensible que un libro así haya salido de la nada. Todos los libros vienen de alguna parte, pero algunos son tan superficiales que parecen creados por generación espontánea, como lo ratones que, en la Edad Media, nacían de la paja. La lluvia amarilla aporta la certera impresión de ser todo lo contrario: su profundidad apabulla y desconcierta, precisamente, porque estamos acostumbrados a una literatura vacua, abonada a eso que algunos han dado en llamar “corrección política”, y que no deja espacio para el sufrimiento, que, como todo buen lector debe saber, es una de las genuinas fuentes del Arte, con mayúsculas. Este libro las merece; y justifica una vida.

domingo 5 de febrero de 2012

Buenas intenciones para una especie condenada

Voltaire:
Tratado sobre la tolerancia
Nacido como audaz y lúcida respuesta a un vergonzoso proceso judicial emprendido contra una familia por la muerte de uno de sus miembros, es Tratado sobre la tolerancia un ejercicio de brillantez literaria y hasta histórica, pero también una demostración de un cierto (y sorprendente) grado de ingenuidad. Claro es que Voltaire sabía el mundo en el que vivía: un mundo de fanatismos místicos que era heredero de las guerras de religión que asolaron Europa durante largo tiempo. Por eso sorprende que un hombre de su genio y presciencia imaginase que la gente podía cambiar, siquiera un ardite, su pensamiento por la lectura de un libro, el suyo, el que comentamos en este párrafo. El principal obstáculo con el que se enfrenta el lector actual ante una obra de estas características es la profusión de referencias históricas: un aturdidor enjambre de narraciones de hechos que ya nos quedan demasiado lejos como para entender, aun con las explicaciones en las notas al pie (que, por cierto y como toda nota al pie que se precie, le hacen perder ritmo a la narración), el significado de unos acontecimientos que pudieron haber sido definitivos en su día, pero que ahora, en el siglo XXI, para quien no sea especialista en Historia de Europa, apenas nos suenan a unas fechas y unos datos que poco dicen al común lector moderno. El estilo de Voltaire es claro, preciso casi siempre; pero, como se ha apuntado, es un estilo al servicio de un contenido un tanto ingenuo. Bastante ingenuo, si a eso vamos. Uno tiene la impresión de estar leyendo a un hombre muy inteligente, pero que vivía apartado del mundo real, rodeado de libros y escudado en una erudición que le amparaba de la crueldad y del cinismo, por más que el propio Voltaire nos describa, con una prosa de alto coturno, los detalles más escabrosos del infame proceso judicial a la familia Calas: las torturas, la ejecución, la vergüenza, el destierro, y finalmente la justicia parcialmente reparada con una familia destruida, precisamente, por la intolerancia, esa que tanto le hizo pensar al genio Voltaire. Pensar, digo, que el hombre podía cambiar, que el hombre podía tender la mano a su prójimo de una manera desinteresada. Visto cómo ha evolucionado el género humano y sus mecanismos de corrección de errores en los últimos dos siglos, queda claro que, como ejercicio de reflexión, Tratado sobre la tolerancia es una obra insuperable; como herramienta de redención del género humano, un fracaso. No tenemos remedio.

martes 31 de enero de 2012

Vitalidad para recordar el pasado

Juan Goytisolo:
Señas de identidad
Forzado por su condición de disidente español en suelo francés a ser un maldito en su propio país, Goytisolo pergeña en estas páginas un retrato de la España que nunca le quiso ni como hombre ni como artista. Por supuesto, Señas de identidad no se publicó en España hasta después de la muerte de Franco. Y basta una somera lectura de algunas de sus páginas para percatarse de por qué. Señas de identidad es una obra desmitificadora de la imagen oficial que el régimen franquista quiso transmitir sobre una autarquía que quizá funcionara para muchos, pero dejaba a otros fuera del reparto. Señas de identidad es una obra política y al mismo tiempo una gran novela experimental, o sea que pertenece al sospechoso género de los libros que uno lee sin saber muy bien a dónde le llevan. En los años en que en España se publicaban novelas como Tiempo de silencio o Volverás a Región, Goytisolo, desde el exilio y escribiendo para la prensa francesa, crea una historia de personajes marginales que fuman marihuana (a la que ellos llaman “grifa”) nada menos que en los años cincuenta y sesenta; de maltratos a animales, esa tradición tan española y tan vergonzosa, precisamente, por ser española; de los tímidos y abortados intentos de huelga en plena dictadura; del enfrentamiento, todavía en la República, de los ciudadanos de un pueblo destrozado por la sequía y la pobreza contra las fuerzas del orden, de la posterior venganza de estas sobre los sublevados; de cómo eran vistos los españoles en la tierra de la abundancia, esto es, Suiza y Francia, algo de lo que Goytisolo, como exiliado, debía de saber bastante, por más que él, en su condición de escritor, quizá sobrevivía con algo más de dignidad que todos aquellos infelices que tuvieron que hacer el hato y marcharse de España para buscar algo que aquí no tenían: trabajo y comida. Señas de identidad se lee con agrado, incluso por momentos se baña uno en ella como en un pantano apacible, pues sin llegar nunca a ser una novela convencional, no tiene empacho Goytisolo en sumergirse en una narración prosaica con la que crea fragmentos que podrían ir incluidos en cualquier novela, digamos, al uso. En los tiempos en que vivimos, estos en que la literatura ha sido devaluada como objeto de consumo sin más pretensión que la de hacer pasar hojas al lector embobado por las tonterías de turno, Señas de identidad se revela como obra necesaria y aun vital para conocer nuestro pasado.

sábado 28 de enero de 2012

Un lugar en el mundo

Russell Banks:
La ley del Hueso
Resulta difícil a estas alturas encontrar esta curiosa novela, como no sea recurriendo al mercado de segunda mano, ese tan activo ahora en los tiempos de Internet. Resulta, también, difícil imaginar que un libro como este fuera a ser editado por nuestros amados gigantes editoriales, pues engloba él casi todas las características que ha de tener una obra de arte, a saber: es original en su trama, fresco en su planteamiento y nada comercial en su puesta en escena. Russell Banks es un autor semisecreto en España que, imitando la prosa discipular del sobrevalorado J.D. Salinger, creó una historia ambientada en la América profunda de finales del siglo XX, de la América esa de la que, como ya hemos dicho en otra parte, no apetece mucho hablar y de la que nada nos dicen en las agencias de viajes. En plena época de la explosión musical grunge y del rock alternativo, el protagonista de esta historia, un chaval de catorce años, cuenta en primera persona su peripecia vital, su huida de un mundo cerril, cerrado y hermético, que habita rodeado de adultos adustos y de no menos adustos policías que quieren trincarle para meterlo en el maco. Este chaval está harto de todo y Russell Banks sabe cómo hacérnoslo notar poniéndolo, como decimos, de narrador de sus propias aventuras. Al lector no avisado le puede parecer que el libro lo ha escrito, eso precisamente, un chaval: las frases son largas, larguísimas, apenas hay sutilezas léxicas (si alguna hay), el sentido del humor parece inocente como las gracias de un niño entre malcriado y asustado, y las aventuras se suceden a una velocidad de la que podría haber sido buen cronometrador Dickens si hubiera conocido los beneficios de la era industrial y del capitalismo desaforado que todo lo fagocita. El chaval que protagoniza y narra esta novela se mueve en los ambientes marginales de drogas, alcohol, vandalismo, gamberrismo, semidelincuencia o delincuencia plena; conoce a vagabundos, pornógrafos, ladrones, receptadores; se escapa de su casa, se esconde con un rastafari que le ayuda a sobrevivir en un mundo tan hostil que casi parecería gracioso si no fuera porque su descripción esconde una verdad muy profunda: en el estado de cosas actual en Estados Unidos, quien no entre en la cuerda de la producción se ve abocado a convertirse en un pobre entre ricos, lo que lo hace doblemente pobre por aquello de la sensación de estar perdiéndose algo que se halla al alcance de la mano pero que le es vedado por su propia falta de talento. El chaval huye de todo esto, y consigue encontrar un lugar en el mundo, que es, al fin y al cabo, lo que todos queremos. Si le dan ustedes vueltas al teclado en el ordenador, puede que encuentren, en los sitios de costumbre, una copia de tan perturbadora novela, porque, reiteramos, tal y como están las cosas en el depauperado panorama editorial español, mucho nos tememos que nadie va a mostrar interés en resucitar esta pequeña joya de la literatura, de veras, independiente.

martes 24 de enero de 2012

Que le echen de comer aparte

William Faulkner:
El oso
Puede que sea esta una de las pocas excepciones al cripticismo, ese rasgo tan consustancial a la obra novelística de William Faulkner. Y, como tal excepción, lo es solo en parte, claro. Se trata El oso de una novela aún más corta que Mientras agonizo; tanto, que la propia editorial en su contratapa la califica de «relato». Las disquisiciones técnicas (supongo) se desarrollan mejor en otros cónclaves; verbigracia, en un aula universitaria. Aquí mejor nos quedamos con una somera descripción del libro. Las descripciones de las obras de Faulkner son, por fuerza, siempre incompletas, pues como nadie ignora, su literatura es grisácea y enrevesada, compleja y difícil; y, a veces, muy satisfactoria para los que busquen el placer estético dentro de las limitaciones que impone en España el difícil y mal pagado arte de la traducción. Por una vez, Faulkner elabora, aunque solo sea en la primera mitad de El oso, una ficción convencional, esta vez sobre una partida de caza: la peripecia de unos hombres que van en busca de una suerte de cuadrúpedo Leviatán que aterroriza los montes. Esa podría ser la descripción hallada por el prologuista o el crítico. Uno respira aliviado cuando puede dar a conocer el argumento, siquiera minutísimo, de un libro de Faulkner, quien en esta ocasión crea una historia de pasiones montañeras, paisajes de naturaleza prístina y violencia soterrada en la que los hombres de la América profunda se sumergen como en un baño de alcohol puro. Pero Faulkner no estaba para perder el tiempo ni para desaprovechar la oportunidad de dejar al lector con la impresión de habérselas visto con un escritor de categoría diabólica, fuera de lo común, alguien para quien los análisis convencionales no sirven de nada, pues su espíritu está en fuga del universo newtoniano, por así decirlo. Así, sobre la mitad del paginado uno se encuentra con esa deliberada intencionalidad de confundir al lector inadvertido, de susurrar misterios que más vale que sigan siéndolo, de declamar frases casi bíblicas que suenan a maldiciones, aunque esas frases se hayan extraído del diario de un hombre que bien podría ser un santo, un loco o, con mayor probabilidad, un infeliz. Como ya se ha percatado algún atento lector de esta carava literaria que es La sapa alberquera, parece que no hay nada normal en la humanidad de Faulkner, o al menos en la de sus personajes: hombres –y en menor medida mujeres– que se arrastran, se interpelan, hablan como los fantasmas de Juan Rulfo. Como Rulfo, Faulkner es un ogro lírico al que hay que echar de comer aparte.

domingo 22 de enero de 2012

Alternativa a los comistrajos literarios


Ramón J. Sender:
La tesis de Nancy
Alguien tuvo la acertada idea de recomendarnos, y aun de obligarnos a leer, este libro en los lejanos años de mi escolaridad. Ramón J. Sender fue de esos escritores que salieron de naja cuando lo del 36. El autor publicó desde entonces en los Estados Unidos, lo que logró el privilegio de que no se nos perdiera del todo, y la no menos fructífera prerrogativa de que, además, él conociera la idiosincrasia yanqui de primera mano para construir una divertidísima ficción como la que es objeto de este comentario. La tesis de Nancy es, ante todo, una broma finísima sobre los malentendidos del idioma, y también una crítica no demasiado encubierta y no siempre demasiado feliz sobre el régimen autárquico que despidió fuera de nuestras fronteras a un hombre preocupado por su país, aunque fuera desde miles de kilómetros de distancia. Qué pensaría una norteamericana de Pensilvania –proveniente de la América de la radiante posguerra estadounidense y de sus holgados y gloriosos años cincuenta del baby boom– de la Andalucía de esa misma época. Pues tal vez lo que encontramos en estas líneas: un choque de culturas, un contraste más bien, una sorpresa, una historia de amor (o de lo que sea que se trajera Nancy con su Curro del arma), un montón de juegos de palabras, hábiles retruécanos, dobles sentidos; y sobre todo, y como se ha adelantado, mucha diversión. Ignoro qué les estarán dando de leer a los chavales de los nuevos planes de estudios españoles. La verdad es que miedo me da saberlo conociendo los gustos de algunos profesores de Literatura, esa sagrada disciplina cuyos misterios se han entregado a las manos de ciertos botarates. Pero una cosa debemos decir: ojalá los bobalicones que recomiendan ciertas banalidades a nuestros jóvenes recuperaran el gusto por la elegante ironía y por la inteligencia puesta al servicio del humor; y así, sin que mediaran intransigencias y esnobismos –ni tampoco petulancias o chantajes académicos disfrazados de programas de animación a la lectura a cambio de aprobados–, los chicos que serán los hombres de dentro de quince o veinte años se iniciaran en el conocimiento de las letras hispanas con una obra como La tesis de Nancy, que agrada sin acobardar, deleita enseñando, entretiene con una prosa sencilla e inteligente, e ilustra por qué la literatura española de hoy es solo un pálido reflejo de lo que pudo llegar a haber sido si los propietarios de las grandes editoriales se hubiesen preocupado de suministrar calidad al paisanaje.

jueves 19 de enero de 2012

Abarca y aprieta

Charles Van Doren:
Breve historia del saber
Titánica tarea la que plantea esta obra. Nada menos que resumir la historia del conocimiento de la Humanidad en algo más de ochocientas páginas y en una prosa discipular al alcance del paisanaje. Desde Petrarca a Arquímedes; desde Cervantes a Flaubert; desde Edison a Einstein; desde la teoría de las cuerdas hasta el universo tolemaico; por no hablar de los correspondientes apartados relativos a economía, historia, matemáticas, antropología, física cuántica… Como decimos, una desproporcionada tarea para un solo individuo. Sin embargo, justo –y sorprendente– es reconocer que el señor Van Doren sale con bien de la empresa. Consigue presentar un volumen muy ameno, de esos que se leen con placer aunque en ciertos momentos uno no tenga una idea muy clara de lo que le están hablando. El autor aporta originalidad en algunos temas, una visión distinta en otros, y comprensión en casi todos. También hay optimismo y pesimismo a partes iguales. Por más que a uno le queda la sensación de que Van Doren ve nuestra sufrida Humanidad como un ente con algo más de futuro que otros colegas suyos. Nos referimos al grupo de científicos que llevan décadas advirtiéndonos de lo mal que gestionamos los recursos del planeta y de cómo este acabará por cobrarse sus réditos. Interesantísima por otra parte la exposición histórica de los avances científicos y técnicos, la descripción de sociedades por completo ajenas a la occidental en el tiempo y en el espacio; así, aprendemos que los egipcios mantuvieron una cultura inmóvil en los aspectos técnicos durante treinta siglos; ellos no creían en la novedad, y por lo tanto se esforzaron en que las cosas no cambiaran, y lo consiguieron; se nos enseña también algo de religión, de varias religiones: budismo, islamismo y por supuesto cristianismo. Se nos habla de las grandes obras de la literatura universal (Petrarca, Homero, Kafka, Dante, Cervantes, Shakespeare), de los pintores y escultores (Van Cogh, Picasso, Miguel Angel, Leonardo), de los científicos (Heisenberg, Darwin, Einstein de nuevo), de los filósofos (Descartes, Pascal, Sócrates, Platón, Niestzche), del psicoanálisis de Freud, de los inventores (Gutemberg, Franklin), de la cultura griega, que es la matriz en la que basamos la nuestra, del fracaso de la teocracia medieval europea, de la ausencia del concepto de dinero abundante en las economías de subsistencia anteriores al siglo XVIII. El lenguaje es claro y preciso. A pesar de ello, y por exigencias de espacio, Van Doren sacrifica a veces el rigor científico a la comprensión, porque como muchos sabemos el uso de términos matemáticos y de ecuaciones alejaría a demasiados de la lectura de tan interesante obra. Una lástima. En cualquier caso, un libro ideal para introducirse en los vericuetos de la cultura mundial, de la cultura occidental, esto es, la griega, que es la que se ha impuesto, según Van Doren, a todas las otras.

sábado 14 de enero de 2012

Un retrato de los muertos

Camilo José Cela:
La familia de Pascual Duarte
Cela debutó en la posguerra civil con un tenebroso relato ambientado en la España profunda, en la Extremadura profunda, para ser precisos. Una historia impía sobre la crueldad, el sufrimiento; y una visión tan pesimista y tan carente de esperanza que –aun teniendo en cuenta su brevedad– a uno le cuesta llegar al final del libro sin tomarse varias pausas. Si Cormac McCarthy nos trae el infierno en la tierra mediante una invocación de sucesos futuros, a Cela, como es propio de un maestro que eclipsa a tantos contemporáneos, no le hizo falta más que aguzar el ojo y el oído en la España de la autocracia para identificar –entre los mortales comunes– el dolor de un hombre y de una familia venidos al mundo para pasarlas canutas. Esta novela ha extendido su sombra hasta hoy, ha influido en otros escritores mucho menos nombrados que el premio Nobel. La carga emocional de La familia de Pascual Duarte consigue el milagro en la España de 1942: resucitar las moribundas letras españolas con una historia desgarradora que, para sorpresa de generaciones venideras, logró superar la censura quizá, precisamente, por el exceso de truculencias. Y sin embargo, nada hay en La familia de Pascual Duarte que la haga parecer poco creíble. Uno se embebe en las amargas peripecias de Pascual y su familia sabiendo, de una forma íntima e inexplicable, que todo, todo lo que se cuenta en ella sucedió o podría haber sucedido. O puede que esté, con otros matices, sucediendo en estos mismos momentos en algún pueblo de Extremadura o de La Mancha o de Andalucía, tierras calurosas que paren personajes trastornados, malditos o diabólicos. El estilo de Cela es sobrio, luego encontraría una forma más barroca de expresarse, sin abandonar, claro está, el marchamo de la casa que lo hace inconfundible. Aquí, las palabras están donde deben, ni sobra ni falta ninguna. De manera análoga, igual cosa sucede al nombrado McCarthy en su novela La carretera. Es como si la exposición de terrores puros anduviera sobrada de artificios. El estilo telegráfico, con diálogos lacónicos, descripciones ajustadas y narración de corresponsal de guerra, se condice mejor con la desgracia que todo el oropel y la farfolla literaria del mundo. Queda claro que para retratar a los muertos lo mejor es el blanco y negro.

miércoles 11 de enero de 2012

Con el debido respeto

William Somerset Maugham:
Diez grandes novelas y sus autores
Al igual que David Lodge, Maugham muestra una incomprensible falta de interés por la escritura en castellano. Bien se le puede justificar por aquello de huir de las traducciones (suponemos que Maughan ignoraba nuestra lengua); sin embargo, el señor Maugham no tiene ningún empalago en enaltecer hasta lo infinito a autores franceses como Flaubert o rusos como Tolstoi. Y si bien en la introducción de este libro se detiene en alabar El Quijote, luego, en el cuerpo central de la obra, en los diez artículos que justifican su título, no hay uno solo dedicado a autores de España o de países hispanoamericanos. El desprecio de los anglosajones por las letras españolas no debe afectarnos. Simplemente, aprendamos lo que podamos de ellos, y luego, para lo nuestro, espiguemos otros textos, aunque sean los libros de Literatura del ya lejano bachillerato. Maugham nos cuenta que Jane Austen solo escribía de lo que sabía, por lo que siempre evitó mostrar conversaciones entre hombres solos, pues, en rigor, nunca había oído ninguna; nos cuenta que Dickens era un hombre de gran éxito, quizá el escritor de lengua inglesa más leído de su tiempo, y que aunque alababa los supuestos méritos de la vida familiar, no se paró en barras a la hora de deshacerse de una mujer un tanto estúpida que le había dado nueve hijos, para hacer vida marital con otra, por supuesto, más joven; aprendemos que Sthendal carecía de talento innovador, que copiaba los argumentos de otros para crear los propios, que fue un fracaso como amante, una especie de bufón tocado por un sentido genial para retratar a sus semejantes pero castrado para idear historias; nos enteramos también, por si alguien no lo sabía ya a estas alturas, que los autores que no gozan de fama en vida, rara vez la alcanzan después de muertos (son pocas las excepciones a esta despiadada regla); también nos enteramos de que Balzac era cruel con su madre, un escritor incansable y a la vez chapucero, prolífico y, contradiciendo a la crítica, de un alto nivel en sus invenciones (mal escritas, al parecer, en lo que a técnica se refiere). El estilo del libro es un tanto discipular, parece más bien un manual para estudiantes de Literatura que un volumen con el que pasar el rato. Javier Marías se hace mucho más entretenido en el mismo campo. Que un escritor hable de otros (ya muertos) puede ser curioso. Aunque los trate con respeto.

miércoles 4 de enero de 2012

Valor y al toro

William Faulkner:
Mientras agonizo
Faulkner es autor de una vasta y casi inextricable obra novelística. También es autor de unos cuentos un tanto más legibles. Analizar cualquiera de las novelas de Faulkner es un despiadado reto para un comentarista. Darlas a conocer al gran público es tarea imposible en un país donde prima el anabolismo literario sobre la creación artística. Faulkner construye un universo de la Norteamérica sureña en torno a unos personajes y un lugar mítico que deviene familiar sólo tras la lectura porfiada y atenta de un lector que ha de presumirse hercúleo. Son contadas las ocasiones en que uno atiende a desentrañar el misterio expuesto por Faulkner en sus novelas. La índole del enigma puede ser trivial o –las más de las veces– trágica. Es lo de menos. El obstáculo real es discernir, en una prosa en apariencia convencional, cuál es el argumento. Cuando uno se enfrenta por vez primera a Mientras agonizo, tiene la impresión de caer por un abismo de palabras sencillas que figuran una escala cómoda por la que descender, y que sin embargo nos conducen a un mundo donde el lector se pierde, por así decirlo, sin llegar a entender muy bien qué es lo que le han contado. Si esto es un mérito o un defecto, es algo que habrán de decidir los lectores de esta novela (y de casi todas las demás de la autoría de Faulkner). Cuando un autor nos supera en mérito, no nos queda otra opción que la de asumir nuestras limitaciones, congraciarnos con las palabras que podamos aprehender, con las oraciones que nos permitan avanzar en la ficción, y lamentarnos porque los límites de nuestro entendimiento queden más cerca de lo pedestre que de la categoría olímpica de un hombre que escapa a cualquier análisis ortodoxo. Faulkner no concede tregua en esta historia de aparente humanidad y soterrado egoísmo. Para acabar de dificultar el camino del lector, construye una novela con varios narradores, cada uno con su punto de vista en primera persona. El resultado es un libro cortísimo, de poco más de cien páginas que, sin embargo, requiere días, semanas y hasta meses de estudio. Puede que ese sea el placer que nos brinda Faulkner, el de que asumamos nuestro papel de lectores activos, no de consumidores afables y domesticados de una prosa de cucharón, servilleta y mesa camilla con copa de anís incluida en el precio. Para leer a este hombre, uno ha de estar lúcido, desconectar la televisión por unas semanas, huir de la novelística actual española de mercadillo y prepararse para una carrera de fondo. O para la repetición, en series cortas, de extenuantes pruebas literarias. Suerte a los que se atrevan con este pequeño y titánico volumen.

sábado 31 de diciembre de 2011

La alternativa a los guías sin escrúpulos

Carl Sagan:
El mundo y sus demonios
Un libro sobre el arte del escepticismo. En estos tiempos inciertos que vivimos, calificar de “arte” lo que a lo mejor solo es una actitud, puede no ser exagerado. La gente tiende a creerse la primera estupidez que le cuentan. La pseudociencia y la anticiencia, la superstición y las predicaciones de cuatro charlatanes (o de miles de charlatanes) son más peligrosas de lo que parecen. La masa tira de pseudoconocimiento. Y no solo la masa. También los poderosos y la gente rica. Ahí están esos actores por todos conocidos que andan metidos en asuntos de andamiaje tan etéreo pero de poder tan tangible como son los principios defendidos por ciertas sectas. Con el ejemplo que eso conlleva para quienes tienen a los actores como a gurús, a guías a los que hay que seguir en todo lo que hagan. Un conocido rockero americano afirmó hace pocos meses que había sido abducido por una nave interestelar y que sus ocupantes (extraterrestres, claro) habían experimentado con su cuerpo. ¿Por qué la gente antes creía en hadas y brujas y ahora en ovnis (pero ya no en hadas)? ¿De dónde viene la creencia en brujas? ¿Por qué se las quemaba? ¿Cuántos fueron quemadas? Carl Sagan era un hombre obsesionado con la verdad, y también con las mentiras. Para él, un mundo lleno de mentiras es un mundo lleno de maldad, de hipocresía y de torturas. Un mundo peligroso, vaya. Este libro se publicó a mediados de los años noventa, y que yo sepa no ha tenido reedición desde entonces. Mientras tanto, docenas de páginas web con miles de visitas en Internet llenan la red de espuria información sobre encuentros con seres extraterrestres, vida en una tierra hueca, continentes hundidos donde vivían civilizaciones tecnológicas; también se habla por doquiera del poder de las pirámides, de monstruos y aparecidos, de fantasmas y curas milagrosas para enfermedades que se llevan a nuestros seres queridos, de adivinadores a distancia (previo pago) y “lectores” del futuro a través de cartas. Por no hablar de los cientos de libros que se publican en España cada año sobre estos disparates. Carl Sagan intenta dar respuesta a por qué en una época en que la ciencia ha adelantado más que nunca y nos ha procurado, entre otras ventajas, una esperanza de vida en los países occidentales que dobla la de hace ciento veinte años, las multitudes abrazan los cultos esotéricos, los conocimientos apócrifos, falsos y muy dañinos. Y también explica por qué la gente no intenta comprender la ciencia, por qué la ciencia se ha apartado tanto del público. La respuesta parcial a esta última cuestión parece quedar clara y la adelantamos ya: algunos aspectos de la ciencia como la física cuántica necesitan un altísimo grado de comprensión de las matemáticas; pocos están dispuestos a sacrificarse para entender esas matemáticas; por consiguiente, nunca estarán preparados para manejar las herramientas con las que vislumbrar los avances en, digamos, cosmología. Algunos han intentado acercar el conocimiento a la masa. Carl Sagan dedicó parte importante de su vida a ello. Sin duda, mereció la pena, aunque solo rescatara a unos cuantos miles de los cientos de millones que se dejan arrastrar por los charlatanes televisivos, esos nuevos héroes de bajo calibre ético y nulo freno moral. Gentuza, para entendernos.

domingo 25 de diciembre de 2011

No tan solos

Francisco Umbral:
Las ninfas
No hay asunto que Francisco Umbral no pudiera abordar en su vasto caletre literario. El análisis político era lo suyo, pero cuando quería, también era un narrador nato. El hombre valía tanto para un roto como para un descosido. En Las ninfas, el genio Umbral se sumergía en los recuerdos de la adolescencia. Tal vez en los de la suya, seguramente en la de muchos, por no decir en la de todos. Si Umbral lo pasó mal de niño y de adolescente, lo refleja muy bien en este libro. Si no fue así, si anduvo lejos de la pobreza, muestra una enorme empatía por los que sufren, por los que carecen de casi todo. Fue un niño enfermizo, según cuentan sus biógrafos. Tal vez eso le limitó como niño pero lo catapultó como talento literario sin parangón en un país de medianías líricas. Que no le dieran el premio Nobel a este hombre es algo que todavía me asombra. Jamás he leído un libro de él que no me haya regalado casi infinitas lecciones de creatividad literaria. Un libro de Umbral, como uno de Cortázar, es una inversión segura. Primero, porque sus obras cuestan poco, porque hay poca demanda de su creación (lo cual es vergonzoso o solamente una señal de los tiempos mediocres que nos ha tocado vivir); segundo, porque una vez terminado el libro, uno puede volver a leerlo inmediatamente y encontrarse nuevos matices, nuevas insinuaciones, revelaciones perturbadoras. Umbral es denso y a la vez entretenido. Su prosa fluye con la naturalidad que solo poseen quienes se dedican al ilustre oficio de las letras con toda su alma, siendo esta, su alma, algo tocado por los dioses, por las musas. En Las ninfas tenemos a un narrador que invoca su pasado como adolescente, un escándalo en una capital de provincias, una ciudad gris y beata (refugio de virgos contrachapados en acero), un desfile de artistas atorrantes degenerados y venidos a menos pero tan lúcidos como para afirmar que “los griegos de la Antigüedad eran un pueblo bárbaro porque no conocieron a Mozart”. También hay certeras reflexiones sobre la condición humana que podrían haberse extraído sin menoscabo alguno de un manual de Filosofía de la buena. Leyendo a Umbral, y específicamente esta obra, uno se siente un poco menos solo. Uno llega a la conclusión de que hay mucha gente que anda perdida en este universo. Y que la literatura puede ser un lenitivo para el dolor de la existencia, ese que uno experimenta algunas noches cuando apaga la luz de su cuarto y se da cuenta de que no puede dormirse, y de que las personas que tiene al lado, en su mismo lecho, o cerca, en otras habitaciones, son completos extraños para el insomne.

lunes 19 de diciembre de 2011

En el país de los ciegos

Francisco García Pavón:
Cuentos (II)
Es García Pavón uno de esos escritores olvidados, me temo, no sin cierta justicia. Aunque obtuvo alguna nombradía en vida, y en su tierra –Tomelloso, provincia de Ciudad Real– es considerado el prosista más ilustre de los alrededores, es justo, y tal vez doloroso, admitir que su prosa, sin ser de medio mogate, sin andaba más equidistante de lo solo regular y hasta de lo de andar por casa que de lo excelso y lo brillante. Este segundo volumen de sus cuentos se publicó a principios de la década de los ochenta, y que servidor sepa no ha tenido reedición posterior ni figura en el catálogo de Alianza Editorial en nuestros días. El libro será atractivo para los manchegos de la provincia Ciudad Real, del pueblo de Tomelloso y alrededores, de eso no cabe duda, pues como crónica de un tiempo repasado hasta el hartazgo y un lugar un tanto olvidado no tiene parangón. Históricamente, La Mancha carece de narradores de verdadero fuste, y por aquello de a falta de pan buenas son tortas, García Pavón se convierte aquí en el tuerto en el país de los ciegos, adagio que creemos haber usado ya en otra parte de este cónclave literario. El volumen está dividido en dos partes: Los liberales y Los nacionales, siendo esta última en realidad dos; así que la obra finalmente tiene tres apartados. Además, necesario es señalar que los cuentos guardan varios nexos de unión entre ellos, lo que haría su lectura independiente algo dificultosa, por lo que casi podemos calificar esto de novela con capítulos autónomos, por llamarlo de alguna manera. En Los liberales se nos muestra el ambiente tomellosero en los años anteriores a la Guerra Civil, cuando todavía se podía respirar un poco de paz en una población apartada de los desórdenes políticos de las grandes urbes españoles de aquellos entonces. En Los nacionales se entra de lleno en el espinoso asunto de nuestra contienda civil, tema tan querido por todo escritor hispano actual que se precie, dicho sea de paso, y que quiera ganar algún premio literario. Finalmente, en la coda que sigue a Los nacionales, se cuentan algunos inquietantes y hasta truculentos hechos acaecidos en Tomelloso y en Madrid en los meses posteriores a la finalización del conflicto. Háganse ustedes una idea. El cuento final, justo también es decirlo, le deja a uno un amargo sabor de boca y la idea clara de que García Pavón, aunque no era un narrador hábil (el libro está lleno de erratas, y no de imprenta precisamente), sí que sabía algunos efectivos trucos para hacer que al lector, al menos, no se le olvidara su nombre como se olvidan –tiempo mediante– los de los prosistas verdaderamente malos.

sábado 17 de diciembre de 2011

Para que luego digan

Jorge Semprún:
La escritura o la vida
Ignoro cómo sería este texto en su idioma original (al parecer, y según se desprende de la propia lectura, el francés); pero con la traducción, aparte de unas cuantas faltas imperdonables, ha quedado un libro para olvidar. Por aquello de que en él se hace mención de Primo Levi –a quien Semprún homenajea debidamente–, me hice con él y me dispuse a leer algún tipo de memorias sobre los campos de concentración. Sin embargo, el autor tiene la rara habilidad, por llamarla de alguna manera, de escribir páginas y páginas sobre su experiencia en un campo de concentración sin escribir sobre sus experiencias en un campo de concentración. Ya sé que el asunto parece una contradicción o, en el mejor de los casos, una paradoja de difícil salida. La única salida, ciertamente, es la contrariedad de quien busca una cosa y encuentra otra. No me malinterpreten. Semprún escribe y escribe bien, pero es aburrido, mortalmente aburrido. Y para cuando tenemos la ocasión de sumergirnos en la narrativa pura de los hechos descarnados, se las arregla para dejarnos con las ganas. Semprún cuenta sin contar nada. Nos habla durante dos páginas de la historia que narra el superviviente de Auschwitz sin decir una sola palabra de lo que dijo el superviviente de Auschwitz. Algo enojoso, por cierto. En El Estado de la SS, Eugen Kogon se introduce sin morigeración alguna en el horror puro de la organización alemana concentracionaria, analiza cada uno de sus más horrendos aspectos, hasta los no vistos directamente por el autor y conocidos por él sólo a causa de la documentación o lo contado por terceras personas; Primo Levi, por el contrario, solo cuenta lo que él vio personalmente y algo de lo que le contaron, sin entrar en cuestiones de organización general; por último, Semprún no hace ni lo uno ni lo otro. No hace nada, si a eso vamos; diserta, habla de filosofía, de Kant, de literatura francesa y alemana, de Kafka, recita versos en francés y alemán (que carecen en algunos casos de traducción, lo que consideramos una falta de respeto para los que no hemos tenido ocasión de aprender idiomas), y pone a la venta por mediación de Tusquets un libro para olvidar, como hemos dicho más arriba y como ya ha sucedido en otras ocasiones. Y de las faltas cometidas por el traductor mejor no hablemos. ¿Cómo es posible que un libro que lleva dieciséis años en el mercado y ocho ediciones todavía no haya sido corregido como Dios manda? ¡Y lo escribió un ministro de Cultura!

sábado 10 de diciembre de 2011

De pocos se puede decir tanto

Paul Auster:
El palacio de la Luna
Antes de convertirse en una estrellona del mundo literario, Auster ya había creado una media docena de novelas de las que entran pocas en libra. Novelas como Ciudad de cristal o Leviatán. A ellas habría que añadir esta crónica de una inmersión en el lado oculto. Acaso valga esa definición para toda la obra del americano. El lado oculto atrae a Auster como una luz a un mosquito en el campo. No se puede resistir el americano a mostrarnos esa cara desconocida de la América que, como ya he dicho en otra parte, no se muestra en las películas, o por lo menos no en las que tienen un final feliz. De finales felices vamos a encontrarnos pocos en la obra de Auster. Simplemente, Auster se deja llevar por donde se meten sus incautos personajes. Como el protagonista de esta obra, que deambula de un sitio para otro, conoce grandes revelaciones, se oculta de sus enemigos, se prepara para ir a Vietnam, deja los estudios a medias, conoce a un anciano que le cuenta un pasado glorioso, descubre su propio origen y de paso sirve de pretexto al autor Auster para llenar unas trescientas páginas de una prosa que, a pesar de las pérdidas que se producen en las traducciones, llena al lector de la sensación de haber pasado el rato con uno de esos raros escritores de ahora que, como también se ha dicho ya, conjugan lo mejor de los dos mundos de la literatura: la que podríamos llamar para todos los públicos, esto es, los best seller; y la literatura, digamos, académica, la que recibe premios de relumbrón, como el Príncipe de Asturias que seleccionó a Auster con toda justicia. Como se da el caso de que Auster sigue creando novelas de una calidad por encima de la media, resultaría tal vez precipitado aseverar que El palacio de la Luna es una de sus mejores creaciones; todavía parece quedarle carrete de sobra a nuestro hombre; pero sí: por ahí van los tiros. El palacio de la Luna es, digámoslo ya, una obra maestra de la mejor narrativa actual, como les gusta decir a los críticos de los dominicales; pero, esta vez, sí, y perdonen el atrevimiento, lo dirían con razón. Si no lo conocen de nada, esta es una novela muy indicada para empezar con él. Cosa que se puede decir de cualquiera de sus libros. De pocos autores se puede afirmar lo mismo.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Un maestro exigente

John Gardner
El arte de la ficción. Apuntes sobre el oficio para jóvenes escritores.
El título de este libro es acorde con su contenido. El subtítulo, no. Quien se acerque a esta obra de John Gardner sin haber cogido nunca una pluma para contar un cuento o empezar una novela, sentirá la desazón del que cree que no aprenderá nunca a hacerlo bien. John Gardner es muy exigente. Por lo tanto, escribe un libro sobre el arte de la ficción; pero de tal manera que parece como si ese arte solo hubiera estado al alcance, en la historia de la Humanidad, de un par de docenas de personas; o aun menos. Si uno no es Homero, o Dante, o Shakespeare, o Tolstoi, parece condenado, después de leer El arte de la ficción, a dedicarse a escribir prosa de tercera que moverá más a la burla que al entretenimiento del público. John Gardner pone el listón tan alto que hasta un escritor profesional puede acabar dudando de sus habilidades. ¿Lo estaremos haciendo bien?, se preguntarán muchos novelistas tras leer estas páginas. A uno le queda la duda de si sabe escribir cuando analiza los métodos de enseñanza de la escritura creativa utilizados por este hombre de letras. Honestamente, no creo que sea este el libro adecuado que debe manejar un aprendiz de escritor (y ni siquiera un escritor consolidado) para aumentar su confianza en lo que hace o en lo que intenta hacer. John Gardner es preciso, despiadado, certero casi siempre. No da tregua al que se equivoca. Y eso no está mal, pero no para los jóvenes escritores, sino para que los que llevamos en este oficio algún tiempo, para que mejoremos, no para que un chaval de veinte años que no ha escrito nunca se ponga a fabricar una historia de cien páginas. Hay que exigir, sí, pero creemos que el público al que va destinado este libro ha de tener –antes de consultarlo– tal preparación, tal experiencia en la literatura, tal bagaje cultural, que se precisarían diez o veinte años de práctica en la escritura creativa si uno no quiere que, como decían en mi pueblo, se le caigan los palos del sombrajo tras comprobar que lo que hacemos, todos los días, todos los que nos sentamos delante de un ordenador, es una inmensa chapuza. Los genios de la literatura, los que cambiaron el devenir de las letras, lo que crearon arquetipos, todos, están muertos. No habrá otro Kafka, ni otro Cervantes, ni otro Borges, ni otro Faulkner (y ni siquiera con este último muestra a veces John Gardner el respeto debido). Como ejemplo del grado de exigencia de John Gardner apunto que arremete contra Steinbeck, y en concreto contra su obra maestra Las uvas de la ira, a la que califica de “melodrama poco convincente”, lo cual me deja, en un sentido literal, consternado. Quede clara una cosa: comparto muchas de las opiniones de John Gardner sobre el nivel de autoexigencia que ha de tener el artista (no lo que dice de Steinbeck, por cierto). Por eso, tal vez, me hacen sentirme inseguro. Por eso, emito el siguiente dictamen: es este un libro para escritores muy, pero que muy preparados. No para principiantes. Si quieren algo para empezar, lean su otro libro comentado en este mismo espacio. Con ese sacarán más en claro. Con el que ocupa estas líneas, aprenderán, como mucho, que nadie sabe nada del oficio de escritor. Que –cuando uno escribe una novela– todo sale por casualidad, sin el menor plan preconcebido; de pura chorra, vaya.

jueves 24 de noviembre de 2011

No se puede pedir más

Jorge Luis Borges:
Prólogos de la Biblioteca de Babel
Se tomaba muy en serio el ilustre Borges eso de prologar libros. El señor era un lector más que un escritor. Eso más o menos venía a decir él: que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito, lo que no deja de ser una ironía –sutilísima, por cierto– viniendo de uno de los mayores talentos creadores del siglo XX, un hombre al que todavía no me explico cómo no le dieron el Nobel. En este libro se reúnen unas docenas de prólogos más bien cortitos. El ilustre Borges tenía querencia por la condensación. Tal vez por eso nunca escribió una novela. Borges leía novelas pero no las escribía, y algunas las comenta en este tomito editado por Alianza Editorial como todos los de su obra, una de las más complejas y desconcertantes de todos los tiempos. Desconcertantes por su nivel (estratosférico), claro está. Que se le acerquen, más bien, esas personas que conciben la literatura como un placer estético, no solo como una forma de pasar el rato entre un partido de fútbol y otro. Una hormigueante sensación de modesta felicidad se obtiene de las agudísimas observaciones de Borges acerca de autores como Stevenson, Voltaire, Arthur Machen, Leopoldo Lugones (uno de los padres de la literatura argentina actual e influencia capital en la obra del propio Borges), Hermann Melville (autor norteamericano que casi constituye una obsesión para Borges: apenas hay ensayo sobre literatura de cierta extensión y escrito por el argentino donde no aparezca su desdichado nombre), Edgar Allan Poe (por supuesto, no podía faltar el creador del género policiaco; por cierto: curiosísimas y poco populares –me temo– las observaciones que Borges realiza sobre la novela –no el cuento– policíaca), Leon Tolstoi (para los entendidos como Javier Marías, Vladimir Nabokov y William Somershet Maughan, el mayor talento literario de todos los tiempos junto con Cervantes y Shakespeare), H.G. Wells (inexplicable, para un servidor, cómo un autor tan justito pudo impresionar tanto a un maestro de maestros como Borges, pero en fin: sobre gustos no hay nada escrito, puede que fuera el contenido y no la forma lo que le atrajera de su obra), Julio Cortázar (uno de los grandes del cuento argentino e hispanoamericano en general, y uno de los autores de relato corto más grandes de todos los tiempos; contemporáneo de Borges, nunca una competencia para él, pues ambos tiraban por lados distintos: Cortázar por la fabulación a veces amable, a veces incómoda, a veces terrorífica; Borges, por la erudición puesta al servicio de la creación de historias de complejidad apabullante, tanto más cuando encima no pasan casi nunca de diez páginas que admiten –literalmente– cientos de lecturas), Franz Kafka (otra de las obsesiones del maestro, esta muy justificada por cierto, pues hablamos de un creador de arquetipos, lo cual es mucho decir en los tiempos inciertos que corren). La lista de autores es larga, el volumen es barato, la prosa de Borges no admite más que comentarios laudatorios. No se puede pedir más, caramba.