Miguel Delibes:
Las ratas
Don Miguel Delibes era un señor. No todo el mundo está en posesión de unos cojones tan gordos como para renunciar a un Premio Planeta. Además de tener una blindada cojonera, Miguel Delibes podía presumir de saber dónde ponía los pies, en qué mundo se encontraba, vaya. Resulta plausible –y tal vez necesaria– la afirmación de que Delibes era uno de los pocos sabios que nos ha deparado la tacaña madre naturaleza en su faceta hispana y en los últimos cincuenta o sesenta años. O sea, un tipo de los que caben pocos en un celemín. Resulta ociosa la indicación de que a los escritores de ahora este señor les viene grande. Y la literatura de don Miguel Delibes, en apariencia sencilla, encierra tal grado de humanidad que uno tiene la impresión de estar leyendo a uno de esos autores rusos que dejan al lector, después de terminar una de sus novelas, con las ganas de ir a cambiar el sentido de giro del planeta Tierra. Esta que nos ocupa es una peripecia de la España profunda, esa de la que tampoco hablan las guías de viajes, la misma que el propio Delibes retrató en Los santos inocentes, o aquella a la que Ramiro Pinilla da un repaso en Antonio el Ruso, un ciudadano de tercera; la España de los campesinos que viven atentos al discurrir del clima, a las lluvias, a los vientos, y hasta al fuego; la España del maltrato a los animales, esa secular lacra que va en el lote junto con nuestra sangre íbera, y de la que es una fatal consecuencia el desprecio y la envidia que sentimos por nuestros semejantes, sobre todo por los mismos españoles, claro, que todo lo que venga de fuera, como es bien sabido, es mayor, mejor y más saludable. Aquí en Las ratas, igual te sale uno al que el cáncer le está comiendo la cara en vida, como un individuo que arruina su ocupación en las pujas rurales porque ignora el arte de contar en pesetas, solo lo puede hacer en reales, y así pierde la oportunidad de ganar: porque no sabe. Está también el humor: esa señorita rural de bíblico mote (¡el Undécimo Mandamiento!) e ignorancia sexual supina que se pregunta por qué no crían dos conejos en su jaula, hasta que un niño avispado, que bien podría haber llegado a ministro de haber contado con un padre con posibles, le anuncia la tremenda y fatal verdad: los dos son machos. Y por supuesto están las ratas –que son generosa y eficaz fuente de proteínas–, tan queridas como sus primos lejanos los conejos, o incluso más, porque las ratas, encima, no contraen la mixomatosis y por lo tanto son más saludables para estos seres humanos que viven en cuevas y cuidan las camadas de roedores como lo que son: el forzoso y anhelado alimento del mañana.



















