Charles Bukowski“La senda del perdedor”
Como bien se ha dicho ya en otras partes, no es esta una novela para jóvenes, por más que relata la juventud del alter ego del escritor, el conocido protagonista de sus historias Henri Chinaski, un perdedor, como bien dice el título de este libro. Hemos de reconocerle a Bukowski, al menos, la capacidad de hacer que nos sintamos cercanos a sus personajes, y pocos despiertan tantas simpatías como este muchacho criado en los Estados Unidos de la Depresión y de principios de la Segunda Guerra Mundial, un mundo en el que su padre, poseído por las ansias de aparentar, iba todas las mañanas a hacer ver que trabajaba, cuando en realidad pasaba el día sin hacer nada, pues, como tantos otros de su generación y lugar, estaba en paro, por más que los mensajes del presidente de los Estados Unidos prometieran un futuro que, al final, sí se tornó bastante halagüeño. Todo lo contrario de la vida de este perdedor, convertido casi en un monstruo por culpa de los granos que invadían su cuerpo y que los médicos trataban, inútilmente, de extirpar con medios que encima de dolorosos eran poco efectivos. Como en tantos otros libros del autor, nos encontramos con una prosa sencilla que muestra, de todos modos, un profundo amor por la literatura, la misma que hace que Henri Chinaski se redima de sus faltas y no acabe convertido en un delincuente o en un alcohólico, y que si se convierte en alcohólico, por lo menos, sea capaz de pergeñar los argumentos de los libros que Bukowski escribió en su dilatada existencia. No es un autor cómodo de leer. Lo eso, sí, en el sentido de que su prosa es sencilla, directa y sin aditamentos; pero el contenido de sus palabras, el mensaje que transmite, puede devenir incómodo para los lectores más pacatos, para los que se escandalicen con según qué cosas. Aunque ¿qué se puede esperar de alguien que escribió un libro titulado “La máquina de follar”? Una lectura amena de un autor que ha pasado ya a convertirse en clásico, por más que la clase intelectual lo condene al ostracismo. A mí personalmente no me parece de una brillantez exagerada, pero cumple el cometido de atraer la atención sobre sus páginas, algo que no todos consiguen, digan lo que digan.
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