Ruszard Kapuscinki“Ébano”
Animado por la lectura de su otra gran obra de viajes, “El imperio”, me decidí por este libro, y cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme un texto aún más interesante que el dedicado a la antigua Unión Soviética. Si para un europeo de hoy la extinta URSS es una fuente de estupor, la actual África o la de hace cincuenta años (que es el período de tiempo que abarcan estas, digamos, “memorias viajeras”) no para de darnos temas sobre los que reflexionar. El autor ha hecho un texto basándose en sus viajes por el continente africano durante, como decimos, unas cinco décadas, y ha ido dividiendo el texto por países, poco más o menos. Así, tenemos constancia de algunos de los lugares más pobres de la Tierra, sitios donde una persona sólo tiene como única posesión una camisa (que le permite trabajar como vigilante en una obra, pues nadie contrata como empleado de seguridad a alguien que no tiene con lo que vestirse) o una olla castigada pero todavía en uso que le sirve para cocinar unas tortitas, y con el dinero de los beneficios dar de comer a su (numerosa) prole. Por eso, se cuenta también, el robo está tan condenado en África, o más bien tan mal visto. Un ladrón sorprendido in fraganti puede ser asesinado allí mismo, pues arrebatarle, por ejemplo, la olla a la mujer que sólo tiene esa posesión, es quitarle, por definición, todo lo que tiene, el medio con el que se gana la vida. De ahí que la policía en muchas ocasiones intervenga en los robos no con la principal misión de detener al ladrón, sino con otra de proteger al delincuente de la ira de la masa que quiere lincharlo. Se nos habla del terrible calor que asola esos países, lugares donde la gente literalmente se queda inmovilizada, parada sin hacer nada durante horas hasta que llega la noche que, con su relativo frescor, nos permite caminar unos pasos sin morir asfixiados. Se habla de algunas grandes tragedias del país, como la matanza de Ruanda y Burundi, la historia de la guerra civil más larga de todos los tiempos (o una de las más largas), la de Sudán, enfrentado el norte musulmán, árabe y blanco con el sur, de religión pagana y negro; o la otra guerra civil, la de Eritrea contra Etiopía, de modo que cuando Eritrea consiguió la “libertad” se topó con una clase de militares, las milicias eritreas, sin nada que hacer y armados hasta los dientes. Y así, de este modo, se van pasando las páginas de un libro fascinante que no puede dejarse de leer desde la primera hasta la última línea, como un viaje por un lugar donde la miseria campa a sus anchas, pero donde la gente todavía tiene ganas de reírse y bailar, como si llevaran a sus últimas consecuencias eso de “a mal tiempo buena cara”. No creo que los que vivamos en Europa occidental le demos valor a las cosas que tenemos, como el agua corriente, que para la inmensa mayoría de los africanos no es más que un sueño irrealizable; por no hablar de coches, aires acondicionados o supermercados, farmacias y hospitales. No sabemos la suerte que tenemos, nos tendrá que faltar algún día todo esto para que lo valoremos en su justa medida. Mientras tanto nos queda analizar a distancia el atroz sufrimiento de los africanos, habitantes de un continente condenado al olvido y al dolor.
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