Orhan Pamuk“Estambul”
Pamuk dibuja en este libro un estupendo fresco de la vida diaria en una ciudad tan cargada de connotaciones míticas como es Estambul. “Estambul”, el libro, es también un ejercicio de añoranza, pues por algo es en cierto modo una autobiografía que abarca solamente la niñez y la primera pubertad del que iba para pintor y arquitecto, y acabó convertido en premio Nobel de Literatura. La inclusión de fotografías, al parecer tomadas por el mismo autor en sus años jóvenes, hace de la lectura algo aún más ameno para esas personas no acostumbradas a enfrentarse con el papel lleno de hormigas negras. El estilo de Pamuk es claro y directo, como el de la mayor parte de los grandes autores que rayan en la genialidad. Estambul se nos muestra aquí como una ciudad triste, algo que obsesiona a Pamuk a lo largo de todos sus capítulos, que podríamos dividir en dos bloques no necesariamente ordenados: los que hablan de la ciudad propiamente y los que lo hacen del autor. Así, sabemos de las costumbres antiguas de la gran urbe, de las mansiones de madera que, regularmente, arden a las orillas del Bósforo, de las manadas de perros vagabundos, un mal secular que nadie hasta ahora ha podido o sabido extirpar de la población; también tenemos noticia de todos esos autores occidentales que, como Flaubert, se sintieron atraídos por el exotismo de Oriente hasta que se dieron cuenta de que Estambul era “demasiado” exótica para ellos; la suciedad de la capital turca es también un tema que se toca en más de un capítulo, así como el sorprendente hecho de que la población se haya multiplicado por diez, pasando de un millón a diez millones de habitantes en poco más de medio siglo, lo que, imaginamos, habrá traído problemas logísticos sin cuento, por no hablar de los urbanísticos. Un capítulo que atrae con especial interés es aquel en el que Pamuk rememora cómo se dedicaba a contar barcos a partir de que una noche, accidentalmente, vio pasar por el estreno un enorme monstruo marino que no era sino un acorazado soviético en misión hacia lejanos países; al hilo de esto, también se nos cuentan los accidentes que ha habido en el estrecho, choques entre barcos que, abandonados por su tripulación, dejados a su suerte y por lo tanto inermes ante las corrientes marinas, derivaban de un lado a otro del Bósforo, ardiendo, sin que nadie pudiera hacer nada, como no fuera, los habitantes de las orillas, pedir a un dios lejano que el incendio de los barcos se mantuviera alejado de sus casas.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada