sábado 30 de agosto de 2008

El bueno de King

“El umbral de la noche”
Stephen King


Nos encontramos aquí con el King de los años setenta, el mejor para muchos, bueno, el de los años setenta y principios de los ochenta, hasta que acabó de escribir su mejor obra “IT” y a partir de entonces empezó su mayor popularidad y su declive como creador. Para hacernos olvidar el mal momento creativo de nuestro hombre, nada mejor que echarle un vistazo a esta antología de cuentos, la mejor sin duda de las cuatro que conozco de él, por encima de “Pesadillas y alucinaciones” y más por encima todavía de “Todo es eventual”, que no son malas en absoluto pero palidecen ante la frescura de estas aventuras. Hay de todo, desde historias realistas con un trasfondo inquietante (“Basta ya” o la peripecia de un hombre que quiere dejar de fumar, literalmente, a cualquier precio, es una obra maestra del suspense), hasta la prefiguración de su mundo de vampiros en “Un trago de despedida”, que luego desarrollaría en “El misterio de Salem’s Lot”. También aparece por aquí la mini novela “Los niños del maíz”, que tanto predicamento alcanzaría en los años ochenta merced a su adaptación cinematográfica y sus continuaciones. En “El último turno” podemos entrever con poca dificultad un homenaje (algunos dirían un plagio, pero me niego a aceptar tal sustantivo para un hombre como King) al H P Lovecraft de “Las ratas en las paredes”. En “El coco” tenemos al King típico con su terror urbano de primera categoría, la historia de un hombre que acude en busca de ayuda a un psiquiatra a contarle cómo murió su hijo, amenazado por una presencia insondable en el armario de su casa, argumento que luego desarrolló en su regular novela “Cujo”. La antología ha tenido muchas reediciones, y como digo, de las cuatro que hay de Stephen King rondando por ahí, es la mejor con diferencia, así que buscaos una buena excusa para no leerla.

miércoles 27 de agosto de 2008

La vida tal cual

“El vientre de París”
Emile Zola


Se hace bastante difícil encontrar en España buenas traducciones de la obra de Zola. Alianza Editorial tiene publicadas tres novelas del francés, y precisamente falta la más emblemática, “Germinal”, una historia de mineros llevados a la huelga, al hambre y finalmente al desastre por la obstinación de los sectores más radicales y amigos de la huelga. Zola publicó una serie de novelas ambientadas en la Francia de su tiempo (segunda mitad del siglo XIX), y esta que comentamos aquí no es de las más brillantes. “El vientre de París” es una obra clásica del naturalismo, estilo literario creado por Zola y que podría definirse como una recreación lo más vívida posible de la realidad. Así son las cosas en “El vientre de París”, pero la recreación llega a tales extremos que muchas veces uno acaba preguntándose si no vendría bien algo de argumento. Argumento precisamente es lo que falta en este libro, una novela en la que se describen con todo detalle las costumbres del mercado de París en aquellos tiempos, la disposición de los puestos, la llegada de las mercancías, el nombre de todas y cada una de las viandas que puede comprar el cliente… Uno tiene la impresión de estar dando una vuelta, realmente, por el mercado; en ese sentido, Zola consigue de pleno recrear el ambiente de aquellos años. Pero, como decimos, la novela carece de tensión narrativa, el argumento es nimio y eso se nota, la obra toda se resiente de la falta de una peripecia general y de una trama de fondo que la sostenga. Ante tal falta de andamiaje argumental, el libro se tambalea por momentos, y la lectura, falta de ese acicate que es todo buen argumento, acaba por resultar un tanto tediosa. Esperemos que los de Alianza paguen a un buen traductor (como ya hicieron con “El vientre de París; salvo algunas erratas la utilización del lenguaje en esta traducción es magistral, bravo por Esther Benítez) para otras obras de Zola, como por ejemplo la mencionada “Germinal”. Otro día les comentaremos su obra gran novela “La taberna”, un terrible alegato antialcohólico que pone los pelos de punta, y que fue publicado en su tiempo en España por Cátedra.

lunes 25 de agosto de 2008

Auster invitando al personal a contar su vida

“Creí que mi padre era Dios
(Relatos verídicos de la vida americana)”
Paul Auster (Editor)


Puede que para mucha gente este libro fuera el reflejo de la falta de ideas de Paul Auster a la hora de afrontar una nueva novela. Lo cierto es que aunque la calidad de la producción de Auster haya bajado un tanto, como ya se ha dicho por este blog, la idea de crear un libro de estas características merece todos los elogios. Se trata de una recopilación de historias verdaderas que Paul Auster recibió mediante un programa de radio en el que participó primero como invitado y luego como patrocinador de los oyentes que enviasen las mejores historias, siempre que fueran verídicas, a la emisora. Participaron cerca de cuatro mil personas, gente de toda condición, clase social y nivel cultural, con lo que se hizo una selección de ciento ochenta narraciones, que son las contenidas en este grueso volumen, editado primero, lógicamente, en la colección cara de Anagrama, y por fin, hace unos años ya, en la de Compactos, así que ya sabéis que la cosa está barata. Las historias son cortas, van de una página a unas cinco, y cuentan todo tipo de anécdotas que van desde las meras casualidades de la vida (tan queridas por nuestro autor favorito para pergeñar sus intrincadas novelas) hasta peripecias de guerra, tanto en la de Vietnam como en la Segunda Guerra Mundial. Hay relatos de presidiarios, enfermos de sida, drogadictos, alcohólicos, historias de Navidad, historias tristes algunas, divertidas otras, pasmosas las de más allá… Una interesante iniciativa que nadie ha copiado hasta ahora, y en la que Auster es sólo el editor, aunque suponemos que también corregiría lo suyo en los textos enviados por los redactores menos fogueados en el arte de relatar. La huella de Auster se deja ver en algunos de los cuentos, y este es un libro que, para los que hayan leído ya lo mejor de la producción del escritor americano, puede suponer un lenitivo para la falta de ideas que acosa a este hombre. Esperemos que todo esto sea temporal y dentro de un año o dos o los que hagan falta, Auster nos sorprenda con un gran novelón a la altura de “Leviatán” o “El libro de las ilusiones”. Por soñar que no falte.

domingo 24 de agosto de 2008

Para destornillarse de risa

“Cuentos sin plumas”
Woody Allen

Para los que estén familiarizados con el cine de Woody Allen, el contenido de este tomo no será ninguna sorpresa. Se trata de una recopilación de los tres libros de “cuentos” (las comillas son enteramente intencionadas) que Allen publicó en España en el pasado en la editorial Tusquets. Los tres volúmenes han sido reducidos a uno solo que engloba en sus páginas todo el humor surrealista, desquiciado e irreverente de un hombre que podría ser comparado con el propio Groucho Marx. Una colección de historias hilarantes y, repetimos, desquiciadas acerca de los temas más disparatados y dispares. Por ejemplo, la historia de un detective a quien alguien encarga averiguar si la existencia de Dios tiene alguna base de realidad o, por el contrario, se trata de un montaje para engañar a los incautos. Luego está la historia de las prostitutas superdotadas, miembros de Mensa, la asociación internacional de superdotados que, un vez más, se convierte en el objeto de las pullas de alguien que debe de estar muy cerca de dar el mínimo para ingresar en ella. La historia, también, del conde Drácula de opereta que confunde un eclipse de sol de apenas unos minutos de duración con el anochecer, lo que a la postre será un grave problema para él. También encontramos algunas adaptaciones al teatro (o a lo que Allen considera teatro) como “Muerte”, parte de la cual utilizó luego el director en una de sus películas menos conocidas. Mención aparte para la historia del inventor del sandwich, o la de los impresionistas franceses convertidos en dentistas, con su descacharrante correspondencia a cargo de un Vincent Van Cogh transformado en ortodoncista. Un libro ligero de leer, pero que al mismo tiempo ahonda en esa parte de nuestros pensamientos sobre los que no nos atrevemos a detenernos con demasiada frecuencia. Allen convierte los miedos del hombre (la muerte, la soledad, el fracaso, el absurdo de la existencia) en materia para el humor, esa difícil y durísima faceta del abanico literario. Sonrisas garantizadas.

viernes 22 de agosto de 2008

Un fracasado nato

“Escritos de un viejo indecente”
Charles Bukowski


Charles Bukowsi tiene el dudoso privilegio de ser conocido, sobre todo en Europa, por su pregonada afición al alcohol. Este hombre, muerto en la década pasada, representa lo que se ha dado en llamar “anti literatura”, una especie de narrativa (o poesía, pues tocó ambos campos) que se basaría en la pura destrucción de las normas impuestas por la clase intelectual. Es una especie de “punk” literario, un hombre que se apuntaría a eso de “hágaselo usted mismo”, sólo que en vez de con una guitarra en un garaje, él se empeñó con una máquina de escribir en una sórdida pensión de las que habitó cuando era joven y desconocido. De esa época, al parecer, datan estos cuentos que conforman el volumen objeto del presente párrafo. Historias que harían que las de Raymond Carver parecieran novelas rosa: alcohólicos, prostitutas, fracasados… La vida, en suma, que Bukowski vio en su existencia de borracho ambulante en una sociedad, la americana, que no tiene la menor piedad con los perdedores. Los cuentos del volumen apenas tienen pies ni cabeza, no se debe buscar en esta colección una recopilación al uso de cuentos como podrían ser los de Faulkner o los del mentado Raymond Carver. Bukowski se salta a la torera los requisitos estéticos de la literatura convencional. Por ejemplo, omite las mayúsculas después de los puntos, los relatos no tienen título, van seguidos uno detrás de otro separados apenas por unos asteriscos. En todo caso, constituyen una delirante representación literaria de un hombre que tal vez no sabía escribir mejor, pero que al menos intentó hacerlo y consiguió la fama por esas cabriolas del destino. No es por quitarle mérito a Bukowski, pero ciertamente su literatura no se puede poner al lado de la de Dostoyewski, aunque él, Bukowski, no pierde oportunidad de arremeter contra otros escritores de su generación o un poco anteriores. Las historias son sórdidas, repetimos, y las mentes frágiles o los que se escandalicen con facilidad harían bien en no leerlas; para el resto, quedan estos fragmentos de esa realidad que nunca sale en los anuncios de televisión: el fracaso en estado puro.

miércoles 20 de agosto de 2008

Otra de zombis

“Diary of the dead”


Los muertos siguen caminando, lo que pasa es que en esta cinta se ha recurrido a una modalidad de grabación que parece se está poniendo de moda con lanzamientos como “La bruja de Blair” (pionera del estilo), la española y genial “Rec” o la efectista “Cloverfield” (titulada muy desacertadamente “Monstruoso” en España). Esta es la última entrega, última hasta ahora, de George A Romero, y sinceramente creemos que es la peor de todos los celuloides que ha filmado de zombis. No sabríamos explicar la razón, pero por algún motivo la película ni engancha ni asusta. Tiene buenos golpes de efecto, como la escena del amish sordomudo que lucha contra los zombis, o la otra casi de humor negro en la que un payaso contratado para una fiesta resulta ser un muerto viviente, con la consiguiente y sangrienta trastada que se organiza en el cumpleaños de turno. El filme no va a ser ningún éxito, eso seguro, el factor sorpresa ha desaparecido ya hace mucho tiempo en cuanto a esos muertos vivientes que se mueven como sonámbulos, desplazados en el gusto de los fans del género por esos otros que corren como ratas en celo, los de “28 semanas después” y “Dawn of the dead” (el remake). No, no consigue asustar esta película, y aunque es corta se hace un tanto pesada por momentos. Para acabar de fastidiarlo ha salido casi al mismo tiempo que otra filmación de muy similares características, “Zombie diaries”, esta inglesa y que tampoco es gran cosa, por lo que lo más seguro es que nos abstengamos de comentarla. El género de zombis está siendo sobreexplotado. Ya comentábamos aquí hace poco el remake de “The day of the dead”, que sin ser nada del otro mundo conseguía entretener por las escenas de acción, y ahí es precisamente donde falla el objeto de este artículo: “Diary of the dead” no consigue crear escenas trepidantes (y eso que, no me lo nieguen, el tema se presta a ello), tampoco tiene un final claro, ni parece que eso le importe al director, como si quisiera dejar las cosas preparadas para una segunda parte que, visto lo visto, no creemos que los que visionen esta película tengan muchas ganas de ver. De todos modos, ya sabemos que los aficionados al género son muy entusiastas, y que muy mala, pero que muy mala, ha de ser una película de muertos vivientes para que los espectadores se salgan de la sala sin esperar a que finalice. Un experimento fallido, creemos que ha sido esta filmación.

martes 19 de agosto de 2008

HIstoria reciente de Europa vista por un mexicano

“En busca de Klingsor”
Jorge Volpi


Jorge Volpi es uno de los pocos escritores de su generación (ronda la cuarentena) en lengua española que se puede comparar con los grandes de hace treinta y cuarenta años, con los del famoso boom latinoamericano de los sesenta. Nos referimos, obviamente, a los escritores “de fama”, porque nos queda la sospecha (y aun la certeza, hace unos meses cayó en mis manos un manuscrito inédito genial de un escritor de Málaga) de que por ahí pululan genios desconocidos a los que nadie hace caso, y menos que nadie las editoriales, que deberían ser quienes apoyaran a los nuevos talentos. Y eso fue más o menos lo que hicieron con Volpi hace casi diez años los del grupo Planeta, a través de su subgrupo Seix Barral, al concederle el Premio Biblioteca Breve por esta excelente novela acerca de la búsqueda de la energía nuclear aplicada a la guerra iniciada (la búsqueda) por los nazis cuando comprendieron que no iban a ganar la contienda por los medios convencionales y además tuvieron la sospecha –y aun la certeza– de que los americanos, y en menor medida los soviéticos, andaban detrás de la fuerza de fisión como arma de destrucción masiva. Esta es la primera novela de la trilogía que Jorge Volpi continuó con “El fin de la locura” y acabó hace cosa de un año con “No será la tierra”. En “En busca de Klingsor”, Volpi demuestra un encomiable conocimiento de la historia reciente de Europa, continente que lo ha adoptado como ciudadano, pues Volpi trabaja en alto cargo de contenido cultural en París. Aquí, en “En busca de Klingsor”, se mezclan varias tramas, con un estilo de redacción claro y rico en matices, con un lenguaje adecuado, un léxico de un contenido abrumador y un argumento que no se ralentiza en ningún momento y que entretiene a la par que instruye. Volpi es uno de los pocos escritores actuales, ya lo hemos adelantado, que supera el aprobado justo. En España muy pocos se podrían medir con él, tal vez Javier Marías y Antonio Muñoz Molina, aunque este último anda algo perdido en sus dos entregas más recientes. “En busca de Klingsor” consagró a Volpi y le abrió la puerta para llegar al gran público, algo, la llegada al gran público, que no acaba de suceder, tal vez porque Volpi rehúye las modas al uso en la literatura de masas, aunque con muy poco esfuerzo “En busca de Klingsor” podría reconducirse a la estantería de novela histórica, ese subgénero que ya atufa un poco y que tan pocas alegrías nos da a los que hacemos estos artículos. Otro día les hablaremos de una de las pocas novelas históricas en sentido estricto que nos convenció.

lunes 18 de agosto de 2008

Una de las mejores novelas de todos los tiempos

“La conjura de los necios”
John Kennedy Toole


Esta es una de las obras imprescindibles de la literatura universal. Tal vez una de las cinco mejores novelas que he leído nunca. Y su historia, la de la gestación y publicación del manuscrito, también tiene miga, como se suele decir. John Kennedy Toole sólo escribió esta y otra más, “La biblia de neón” (obra sobre la que, créanme, tengo serias dudas acerca de su autoría), pero con “La conjura de los necios” ha pasado a la historia de la literatura mundial de todos los tiempos. A la altura de “Cien años de soledad” o del mismo “Quijote”, “La conjura de los necios” cuenta la historia de un marginado social, un “colgado”, por utilizar la jerga al uso. Una hilarante puesta en escena que, detrás de tanta sonrisa y de carcajadas en sentido literal, esconde una profunda amargura, la de un autor que acabó suicidándose, entre otras razones suponemos, porque nadie le publicaba esta genial obra. Sólo puedo recomendarla a todo aquel que no la haya leído. El retrato de los barrios semimarginales del Nueva Orleans de los años sesenta del siglo pasado es digno de un maestro de la prosa, y eso que Toole jamás fue reconocido en vida y se ganaba las habichuelas trabajando como profesor en una universidad de mala muerte. Toole crea una ficción realista pero al mismo tiempo nos introduce en los vericuetos mentales de un hombre, Ignatius Rilley, que roza la locura o la genialidad o ambas cosas en una. Es “La conjura de los necios” una historia para ser leída una y otra vez, con las sorprendentes afirmaciones de su protagonista (“sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales no me relaciono con nadie”, o “sólo los degenerados hacen turismo”) uno ya se hace una idea del alcance que tiene el individuo, un treinta añero que vive con su fatigada madre, harta la mujer de mantener a un pedazo de inútil que se dedica a atacar (por escrito en unos cuadernos que desperdiga por el suelo sin orden ni concierto) un mundo “que carece de geometría”. Los personajes secundarios son dignos de mención, igualmente, sobre todo el pobre patrullero Mancuso, sobre quien llueven las desgracias a medida que avanzamos en la lectura de esta fenomenal obra. Las cartas que Ignatius dirige a su pseudo novia (y las contestaciones de ésta) son para ponerlas en un marco. Sólo la lectura de esta desquiciada correspondencia hace que merezca la pena adquirir un libro fácil de conseguir en la serie de compactos de Anagrama, editorial que de tanto en cuanto da en el clavo. Repito que me parece una de las mejores novelas que he leído en mi vida.

Todo un escritor


“Todo un hombre”
Tom Wolfe


Dicen los entendidos que esta novela le costó a Tom Wolfe doce años de trabajo y un infarto. Dicen, también, que fue su paso a la literatura popular, esa que llena estanterías en los grandes almacenes en Navidad. Lo cierto es que hasta su anterior “La hoguera de las vanidades” (y su correspondiente adaptación al cine con la interpretación del afamado Tom Hanks como protagonista), Tom Wolfe, al menos en nuestro país, había sido un escritor perteneciente a las márgenes del mundo literario, más identificado por el gran público como una especie de cronista de la marginalidad (incluida la marginalidad drogadicta del ácido lisérgico) que como un novelista “serio” en el sentido más tradicional (y atufador, por qué no decirlo) de la expresión. El éxito de “La hoguera de las vanidades” convirtió a Tom Wolfe casi de la noche a la mañana en un escritor de consumo masivo (le tocó la lotería a la editorial Anagrama, que se hinchó a vender ejemplares de “La hoguera de las vanidades”, y aún sigue haciéndolo) puesto en las estanterías junto a grandes popes de la literatura para masas como Dean Koontz o Stephen King. Estaba claro que ya no iba a seguir Anagrama con los derechos de edición de su obra posterior, y así se editó en España “Todo un hombre” por una gran corporación, algo que no nos parece ni bueno ni malo por sí mismo, pues Tom Wolfe ha seguido siendo el escritor competente que todos sabemos que es, por más que ya no ha podido levantar el listón tanto como lo hizo con “La hoguera de las vanidades”. En ese sentido, “Todo un hombre” es una novela extensa como “La hoguera de las vanidades”, pero que no se puede comparar con ella, algo que tampoco hay por qué hacer. Tom Wolfe sigue en este libro retratando a la alta sociedad americana, una alta sociedad tocada en puntos vitales como la falta de referencias culturales, el desánimo y el vacío; también, la ausencia de motivación en los vástagos de estos hombres ricos que amasan fortunas colosales mientras sus hijos viven existencias huecas. No se limita “Todo un hombre” a hablar de los ricos, pues uno de sus dos principales protagonistas es un pobre desgraciado que apenas subsiste con sueldos de miseria, mientras el otro co protagonista, de quien se extrae la idea del título, se parece un poco más a aquel ejecutivo arruinado por la mala suerte de “La hoguera de las vanidades”. “Todo un hombre” es la historia de dos fracasados que quizá no lo sean tanto. Un ciudadano pobre que lucha contra los elementos sin la menor posibilidad de salir airoso del combate; y un hombre rico que se precipita a la ruina y nos hace saber que quien es todo un hombre no ha de preocuparse por esas minucias. La novela es extensa y a veces se hace pesada, pero en conjunto resulta una lectura fresca y apacible, algo que se agradece, pues mucho nos tememos que Tom Wolfe ha de tardar todavía un buen puñado de años en publicar algo nuevo con verdadera chicha, pendientes como estamos todavía de leer su última “Soy Charlotte Simmons”.

domingo 17 de agosto de 2008

El tiempo no pasa en balde

“Expediente X, creer es la clave”

Por fin hemos visto la película, la segunda, de la saga “Expediente X”. La primera nos había dejado con un buen sabor de boca, y esta segunda, la verdad, tiene muy poco que ver. Han pasado diez años desde aquella primera incursión de la serie en la gran pantalla, y ahora nos encontramos a los dos agentes casados y separados y con un hijo muerto de por medio, datos que, me van a perdonar, no recuerdo tener ni de la serie ni de la otra película. Aquí se han obviado los elementos extraterrestres que tan queridos han sido siempre a la serie, y se ha tirado más bien por lo paranormal mezclado con una truculenta trama acerca de trasplantes de órganos a cargo de médicos sin escrúpulos venidos de la antigua Unión Soviética. Eso de hacer venir a los malos del antiguo bloque del Este, o de situarlos ahí, se ha convertido en una mina, y si no que les pregunten a los creadores de la mini y repulsiva saga “Hostel”: rusos, checos, ucranianos y demás personas de lenguaje indescifrable se han convertido en una inagotable mina de malvados dispuestos a las depravaciones más insondables. La película no mata, pero entretiene, lo que pasa es que se echan de manos todas las referencias a objetos extraterrestres y culturas de otros mundos y otros tiempos. Tenemos, eso sí, un cura pedófilo acusado de treinta y tantas violaciones de niños. ¿Una crítica a la iglesia católica? Hum, no sé. Lo cierto es que a nuestro modo de ver el personaje del cura vidente y amigo de los niños podría haber sido igual de rico (o igual de plano, eso va en gustos) omitiendo esa preferencia por los impúberes. Tal vez se ha buscado conscientemente el escándalo, pero me parece a mí que el tiro al director le va a salir por la culata, y que la película, aunque entretenida como hemos dicho, no lo sea tanto como para justificar el estipendio de los cinco o seis euros que cuesta entrar en una de esas multisalas con el aire acondicionado a tope y el volumen a alturas estratosféricas. De la película, poco se puede decir sin destripar el argumento, algo que no nos gusta hacer aquí y que evitamos siempre que podemos. Hay agentes del FBI desaparecidos, hay un cura pedófilo y vidente, y hay, por supuesto, nuestros dos agente favoritos intentando desentrañar un misterio. El tiempo no pasa en balde, y Scully y Moulder parecen un tanto viejos y cansados. Qué le vamos a hacer.

sábado 16 de agosto de 2008

A hostia limpia, oiga

La conjura de los necios (arreglando las cosas a hostias)

El otro día vi por la calle a un individuo con una camiseta que –en su espalda- rezaba lo siguiente: “¿Para qué utilizar las palabras si podemos arreglarlo a hostias?”. Sentí por aquel sujeto la misma curiosidad que puede experimentar un entomólogo al hallarse ante un escarabajo especialmente deforme o un médico al examinar una excrecencia tumorosa en el cerebro de una persona sana. Quiero pensar –qué quieren, aún conservo cierta esperanza en el género humano- que el tal personaje de la camiseta es sólo una excepción dentro de nuestra juventud, pues de alguien bastante joven se trataba el individuo de marras. Sin embargo, de la observación de otros especímenes de la edad del joven de las hostias, llego a veces a la paranoica conclusión de que vivo rodeado de memos. Dicen que en Inglaterra los ciudadanos, civilizados ellos, apedrean a las mujeres que lucen abrigos de pieles, por solidaridad con los animales sacrificados para que esas señoras puedan lucir su, digamos, palmito. No quiero comparar una cosa con otra, ni mucho menos justificar la tortura de animales, pero cuando leo lo de las hostias como recurso para resolver los problemas entre una persona y otra, me planteo que allí, en el tema de los abrigos de pieles, se está hablando de animales, mientras que aquí, en el de las hostias de la camiseta, hablamos de personas, hablamos de que dos hombres –o un hombre y una mujer, o dos mujeres, o dos homosexuales, sean machos o hembras- van a dirimir sus diferencias a guantazo limpio. Se ha dicho por los antropólogos que la humanidad ha perdido hace mucho tiempo los mecanismos que controlen la violencia. De todos es sabido que las especies más peligrosas (osos pardos de Siberia, oryx de Arabia, leones de África) utilizan medios para impedir el enfrentamiento directo, técnicas de disuasión basadas en el tamaño de la cornamenta (va sin segundas), de la melena o de la altura de las marcas dejadas por los osos, por ejemplo, en los árboles que delimitan su territorio. Ese tipo de actitudes han desaparecido, como digo, del comportamiento humano, de manera que, dado el caso de que se junten dos especímenes de la misma filosofía, por llamarlo de alguna manera, de la del tipo de las hostias, se van a estar dando una somanta de palos hasta que alguien los separe o hasta que se maten, lo cual, bien mirado, tampoco es que me preocupe mucho siempre y cuando ambos contendientes profesen ese amor por la colleja elevada a la quinta potencia como medio de dirimir las diferencias entre ellos. Cierto es que me siento más tranquilo en mundo donde las mujeres llevan abrigos de pieles, por muy feas que resulten las señoras con sus granos y sus maquillajes de cien capas, que en un planeta o una ciudad, pongamos Ciudad Real sin ir más lejos, donde me puedo cruzar a cada minuto por la calle con alguien que, llegado el caso de, digamos, tropezar con él al ir a subir al autobús, me propine un guantazo que, visto como está el patio con los castigos legales para jóvenes, no le cueste al tipo de la camiseta de las hostias nada más que una inocua reprimenda a cargo de un juez de esos que excarcelan a etarras, otorgan beneficios penitenciarios a violadores de niños y ponen en libertad a narcotraficantes multimillonarios dos días antes del juicio. Otro día les sigo contando, amigos, estén atentos.

viernes 15 de agosto de 2008

Una de zombis

“Day of the dead”

Aún no ha llegado a nuestras pantallas, pero quien tenga unas mínimas nociones de inglés ya puede disfrutar de la última película de muertos vivientes traída desde las Américas. Vivimos una auténtica avalancha desde el estreno hace cuatro años o así del remake de “Dawn of the dead”, después le tocó al propio George A Romero con “La tierra de los muertos”, y luego hemos tenido en los últimos meses la ocasión de ver dos películas muy parecidas entre sí hasta en el título: “Zombi diaries” y “Diary of the dead”, que tampoco eran para tanto. Ahora le ha tocado el turno a otro remake, en este caso de “El día de los muertos”, una de las películas de la saga de George A Romero que peor ha resistido el paso del tiempo. En realidad, “Day of the dead” es un remake sólo en el título, pues el guión de ambos filmes poco tienen que ver uno con otro. Se ha dicho del director de esta película que es un hombre un poco chapuza, no lo sé porque no recuerdo haber visto nada más de él, pero la peli es entretenida, por más que el guión flojea bastante. No le llega a “Dawn of the dead” (el remake) ni a la suela de los zapatos, aunque sirve para pasar un rato entretenido. En esta ocasión, el marco elegido para contar las peripecias de los supervivientes a una oleada de zombis es un hospital situado en una pequeña población de Estados Unidos, hospital que se convierte en un matadero donde los muertos atacan a los vivos y los convierten, lo han adivinado, en muertos vivientes que a su vez buscan más vivos para seguir la rueda. Como curiosidad, han cogido para protagonista femenina a la chiquita rubia que aparecía en la excepcional “American Beauty”, y francamente se hace un poco cuesta arriba ver a alguien que identificamos como una beldad joven y frágil, vestida de militar y dando patadas y pegando tiros a los cráneos (qué feos, oigan) de los hambrientos muertos vivientes. Vayan a verla sólo si son fanáticos del subgénero; si no es el caso, mejor busquen “vías alternativas” para conseguirla.

Stephen King, al cine

“The mist”

Esta es quizá una de las mejores adaptaciones que se han hecho para la gran pantalla de una novela de Stephen King, pues no sólo respeta casi al cien por cien el argumento y la esencia de la historia creada por el genio de Maine, sino que le da un tratamiento muy acertado y claustrofóbico, como corresponde a una peripecia de estas características. La novela cuenta la aventura de un padre y su hijo encerrados junto a varias docenas de personas en un supermercado, y rodeados de un espesa niebla tras la que se oculta una amenaza cierta e inmediata. En realidad, y según se ha advertido ya por varios críticos cinematográficos, la película es una traslación a un pequeño espacio del estado de paranoia en que viven los habitantes de Estados Unidos desde que su país se convirtió, después de la Segunda Guerra Mundial, en la potencia que dirige los destinos del mundo. Los sentimientos de aislamiento, fanatismo religioso, temor al extraño, y otros aún más difíciles de concretar, son llevados al microuniverso del supermercado con unos resultados delirantes y alucinantes. Al margen de ello hay que hablar del magnífico guión, de los brillantes diálogos y de la excelente puesta en escena. Los efectos especiales, por una vez, están al servicio de una trama sólida y no al revés, pues cuando no hay ideas muchas veces en Hollywood se tiende a tirar de presupuestos desorbitados para pagar a especialistas en efectos que intentan ocultar, muchas veces sin éxito, la vacuidad de ciertas propuestas. No es el caso de “La niebla”, tremendo retrato de una sociedad que se viene abajo por el miedo y la paranoia colectiva. Una película que hay que ver.

jueves 14 de agosto de 2008

Más de Cortázar


“Casa tomada”
Julio Cortázar


Se puede considerar “Casa tomada” como una historia de horror en estado puro. Lo que intenta –y no consigue del todo– Bioy Casares en “La invención de Morel” (la creación de un mundo onírico en el que la realidad se desdibuja según avanza la lectura), lo consigue Cortázar, su paisano, en muchas menos páginas. Y lo hace merced a un técnica narrativa sobria, efectiva y adecuada al tono del relato, la historia de una pareja que vive en una casa invadida poco a poco por unos seres de los que apenas se habla pero que se nos presentan como una amenaza, como diría Lovecraft, “sin nombre”, como si no hiciera falta nombrarlos para saber que esos seres que se han introducido en la casa haciéndola poco a poco inhabitable son de una peligrosidad fuera de toda duda. Existen hasta ediciones de este cuento en un solo volumen y con dibujos, y eso que es bastante corto, apenas seis páginas con cuerpo de letra doce. Cortázar siempre se ha sentido atraído por lo fantástico, al menos en el relato corto, género en el que es un maestro indiscutible, sólo superado, creemos haberlo dicho, por su otro paisano Borges, y se hace difícil establecer cuál de sus relatos preternaturales queda por encima del resto. Hay varios que merecen la pena, y “Casa tomada” no es el menor de ellos. Sin duda un gran cuento que ha entrado ya en la historia de la literatura por méritos propios. Algún día Cortázar debería figurar en una hipotética y hasta donde yo sé inexistente antología del cuento fantástico argentino para el mercado hispano.

miércoles 13 de agosto de 2008

Dos tabúes en uno

“El lector”
Bernhard Schlink


Después de leer este libro a una le queda la sensación de que el mundo literario, como todos los demás mundos, es del todo injusto. Que una obra maestra como esta esté pasando de puntillas y como con miedo por el mercado editorial español, es sólo la prueba de que algo muy grave ocurre entre nuestros editores. Vale que Anagrama se ha hecho cargo de la edición, y que el libro lleva ya varios lanzamientos, pero, repetimos, algo grave debe de estar pasando con una tontería como “El niño del pijama a rayas” (por poner un ejemplo cercano en la temática del exterminio judío) arrasa en las listas de ventas mientras este pequeño tomo apenas llama la atención de unos miles de lectores. Estamos ante una historia sencilla pero difícil de contar, como diría aquél. Schlink es un escritor alemán que se enfrenta con el pasado, con el vergonzoso pasado de su país en una narración que comienza de un modo en apariencia inofensivo para luego ir complicándose hasta llegar a un final tan inesperado y emocionante que, literalmente, a uno se le saltan las lágrimas. Después de este libro, Anagrama lo ha intentado con otra obra del mismo autor, “El regreso”, pero se trata de un libro pobre que igual algún día comentamos aquí. Lo bueno de “El lector” es que atrapa sin que uno se dé cuenta, que te lleva página tras página como si se tratase de un libro escrito como guía de un horror que se hace difícil de describir. Es una historia de amor, pero de un amor extraño entre una treintaañera y un adolescente que cuenta en primera persona cómo era la Alemania de la posguerra mundial, algo que seguro Schlink debe de saber bien por sus propios orígenes y su propia vida. El tema de los amores casi pederastas ha sido tocado por otros (véase “Lolita” de Nabokov, creador del subgénero de amores pederastas y narrador revolucionario en su época, por más que la obra “Lolita” por sí misma tampoco es para tanto, aunque eso sí, hay que concederle que aborda un tema tabú, uno de los últimos temas tabú, de la sociedad occidental), pero Schilink tiene la rarísima habilidad de conducirnos por terrenos interesantes a la par de incómodos. De hecho, si uno se para a pensarlo, Schlink no toca un tabú, sino dos. El mencionado de la pederastia, y el otro gran tabú, el del exterminio nazi, un argumento que parece ser de una fatalidad ineludible cuando quien nos cuenta algo es un alemán. Buenísimo libro, excelente lectura por muy poco precio, como suele ser moneda común en la serie de Compactos de Anagrama. Excelente, no me canso de repetirlo.

martes 12 de agosto de 2008

Dioses y monstruos

“El Padre De Frankenstein”
Christopher Bram


Entramos de nuevo en una novela biográfica, en este caso la historia de James Whale, un hombre que salió de la miseria de su Inglaterra natal para conocer las mieles del éxito en el Hollywood de los años treinta. Whale dirigió la primera de las películas que se hicieron sobre el monstruo de Frankenstein, y vivió una vida de molicie en la que la homosexualidad y el gusto por los jovencitos no le fueron extraños. De esta novela se ha hecho una adaptación cinematográfica que tiene algo de moralina, moralina que desaparece totalmente cuando no ahonda en un texto que no viene sino a confirmar que Whale hacía lo que le daba la gana y cuando le daba la gana. Se ha dicho por ahí, y con razón, que la novela recuerda a la película “El crepúsculo de los dioses”, por cuanto refleja los últimos meses de vida de Whale, cuando vivía solo y olvidado en una mansión de Hollywood, convertido en un anciano enfermo y anclado al gusto por los jóvenes, con uno de los cuales tuvo una última oportunidad, oportunidad que es la que da la excusa para la construcción de esta historia de amor imposible entre el viejo aristócrata y un jardinero apuesto y semianalfabeto con quien el ex director intentará tener su crepuscular y último encuentro sexual. Puede que algunos de ustedes hayan visto la película, pero, como suele suceder en estos casos, el libro queda muy por encima de la versión fílmica de la misma historia. Anagrama se marca un tanto con la edición de esta novela, si bien no quiero dar la impresión de que estemos ante una obra maestra ni nada por el estilo. Lo cierto es que la anécdota del viejo verde no da para mucho, para qué nos vamos a engañar, y lo que hace Bram en ella es tejer un argumento simple y nimio alrededor de los deseos contrapuestos y hasta excluyentes de dos personas distintas hasta el extremo: un viejo y rico de educación y modales exquisitos, y un joven pobre y barriobajero. Un cóctel explosivo, oigan.

David Trueba, un escritor competente

“Saber perder”
David Trueba


Uno no entiende cómo Anagrama, teniendo en nómina a escritores como David Trueba, acaba dándole el premio Herralde a tanto inútil como anda suelto. Y si no se lo creen, échenle paciencia y léanse algunos de los últimos premiados o finalistas de la distinción que concede Anagrama todos los años. David Trueba tiene en su haber la dirección de algunas películas como “Amo tu cama rica” o “Los peores años de nuestras vidas”, pero lo que aquí nos interesa es reseñar su última novela, la tercera que saca después de otras dos que confieso no haber leído. El señor se lo ha tomado con calma, y han pasado seis años desde que publicó su última entrega en forma de libro, o sea que tiempo ha tenido para pergeñar unos argumentos la mar de interesantes. Lo que hace Trueba en “Saber perder” es contarnos las historias de cuatro, digamos, perdedores: Sylvia, la adolescente insegura de sí misma y cabreada con el mundo que conoce a alguien capacitado tal vez para sacarla de la grisura de su existencia; Lorenzo, el asesino secreto arruinado por su ex socio a quien quita la vida; Leandro, el padre de Lorenzo y su vez abuelo de Sylvia, que vive al final de sus días una abrasadora experiencia con prostitutas de lujo; y Ariel, el jugador de fútbol procedente de Argentina que viene a España sin saber muy bien lo que se va a encontrar. Con los cuatro protagonistas, Trueba teje cuatro historias que se van entremezclando entre ellas, o sea que lo que utiliza es el viejo truco de tres o cuatro novelas en una; historias independientes que apenas tienen nada en común pero que dan forma a un libro bastante entretenido y fácil de leer. El estilo de Trueba es algo florido pero sin pasarse, lo cual se agradece, huye de los diálogos a favor de un estilo indirecto bastante natural, y rehúye las explicaciones filosóficas para contarnos en su lugar las vidas de tres personas muy grises y otra, el futbolista, que siendo menos gris, vive las mismas miserias que cualquier ser humano con un poco de corazón: el destino de los perdedores es tal vez el eje central que guía los pasos del escritor a la hora de narrarnos estas apasionantes peripecias. No una gran novela, pero sí una buena novela, que no es poco, amigos.

domingo 10 de agosto de 2008

Delibes: un escritor de raza

“Las guerras de nuestros antepasados”
Miguel Delibes

Es Miguel Delibes un tipo de escritor que ya no se lleva en este castigado país (castigado desde el punto de vista literario, otros matices no son objeto de este blog). Por lo pronto, podríamos definirlo como alguien con quien se hizo una inversión a largo plazo por parte de su editorial, Destino. Digo eso porque Delibes recibió uno de los primeros premios Nadal que se concedieron en España, y por una novela, “La sombra del ciprés es alargada”, que, siendo correcta, quedaba bastante lejos de los logros que alcanzaría el escritor castellano en años y décadas sucesivas. En ese sentido, “Las guerras de nuestros antepasados” es una de las mejores novelas de Delibes, a la altura de “Las ratas” o “Cinco horas con Mario” o “Los santos inocentes”, y muy por encima de la señalada “La sombra del ciprés es alargada”. Delibes no es un escritor, digamos, de vanguardia, no es un hombre que se haya decantado por esa calamitosa moda de la novela experimental (moda a la que se apuntaron coetáneos suyos como Goytisolo, Benet o Torrente Ballester), ninguna de sus historias requiere un esfuerzo inhumano para ser comprendida. Antes al contrario, nos encontramos con un escritor que sabe explicar las cosas con naturalidad, que sabe escribir ficciones en un castellano sobrio y bien hablado que no precisa de mayores complicaciones para entretener al lector. La figura de Delibes es el aviso de lo que le está pasando a este país: tenemos a uno de los mejores escritores del siglo XX retirado ya de la escritura por culpa de la edad, avisándonos de que con él puede desaparecer todo un modo de entender la literatura. Estamos ante un hombre que ha tenido el valor y la entereza de denunciar algunos de los escándalos más sonados del mundo literario español cuando hizo pública la oferta del grupo editorial Planeta de ganar el premio Planeta por una novela que todavía no había escrito (denuncia a la que se le unió otro grande de las letras hispanas: Ernesto Sábato).
Centrándonos en la obra, y a pesar de lo avisado de la falta de experimentación en la obra del vallisoletano, hemos de decir que “Las guerras…” no se presenta como una novela convencional, sino como la trascripción de unas grabaciones realizadas en un hospital penitenciario y en las que intervienen dos personas, el doctor narrador y el detenido por un grave delito, un hombre sencillo llevado a la cárcel por la pura fatalidad. En este libro encontramos ese lenguaje sobrio de Delibes, ese modo de usar el español que sólo puede darse en España, nunca en Sudamérica, y sólo en algunas partes de España. En ese sentido, Delibes es uno de los pocos escritores españoles que puede medirse con los grandes hispanoamericanos, no sólo porque elude imitarlos, sino porque Delibes, sin forzarlo, crea un estilo propio, español nato, español cien por cien.
La novela pasó hace mucho tiempo a las colecciones de bolsillo de Destino, editorial que, curiosamente, ha sido tragada por el grupo Planeta. ¿Tendrá eso algo que ver en la poquísima actividad literaria de nuestro hombre, o más bien, como apuntábamos, todo se explique por la más que provecta edad de este enorme hombre de letras?
Compren el libro, y no duden de que hablaremos más en este blog sobre tan insigne autor.

martes 5 de agosto de 2008

Una novela honesta

“Inquietud en el paraíso”
Óscar Esquivias


Esta novela nos llega fuera de los canales habituales de distribución (me refiero a los canales habituales de los grandes bluffs literarios, cuando colosales corporaciones editoriales pretenden hacernos creer que tal o cual autor es la última maravilla). Óscar Esquivias no es, ciertamente, un genio de las letras, pero tiene su gracia, y mucha, lo cual no es poco en estos tiempos que nos ha tocado vivir. “Inquietud en el paraíso” refleja la vida en el Burgos de la anteguerra civil española, mediante la presentación de la existencia de varios ciudadanos: militares, poetas, sacerdotes. La novela carece de un hilo argumental único, entre otras cosas, suponemos, porque se trata del primer tomo de una trilogía cuyas otras dos partes aparecerán en lo sucesivo. La editorial que ha publicado el libro se llama Ediciones del Viento, y no parece ser una gran editorial, sino un negocio pequeño que pone cariño y tesón en lo que hacen. Es de agradecer que surjan este tipo de iniciativas al margen de las grandes estafas que tenemos que padecer todos los años, sobre todo por Navidades. “Inquietud en el paraíso” es una novela sencilla, fácil de leer, con golpes de humor que le arrancan a uno una sonrisa, y no dudamos que si su autor tuviera amigos en los altos andamios del negocio literario, recibiría a no mucho tardar uno de esos premios que tanto envanecen a los escritores. El libro es fácil de encontrar, pues aunque seguro que no se ha hecho una tirada muy masiva (dos mil ejemplares para toda España en el caso de una novela como ésta ya sería mucho pedir), la editorial goza de distribución nacional. Esquivias escribe con corrección, la novela está bien presentada, la encuadernación es aparente. No se puede pedir mucho más, por más que en otros sitios de la red he encontrado comentarios desfavorables para esta novela, algo que no me cabe en la cabeza después de ver tanta basura como se publica en este país con el marchamo de “obra de arte” o de “última sensación” o, peor aún, de tal o cual autor galardonado por alguno de esos premios cuyo ganador está negociado (el verbo es amable, me parece a mí) meses o incluso años antes de concederse.

domingo 3 de agosto de 2008

Julio Cortázar en su mejor momento


“La señorita Cora”
Julio Cortázar



Este es uno de los mejores cuentos del genial escritor argentino. Siempre fuimos de la opinión de que Cortázar hace pie en los cuentos aunque falla un tanto en las novelas. De hecho, sus “novelas” apenas pueden calificarse así, sino más bien como ejercicios de estilo en los que nos enseña su maestría con el idioma español. Julio Cortázar es autor de algunos de los mejores relatos en lengua española del siglo XX, a la altura casi del maestro Borges, y por encima de gente como Benedetti, que no tiene nada de malo, por supuesto, pero que podríamos poner un peldaño por debajo del argentino. En “La señorita Cora”, Cortázar “inventa” una manera nueva de contar historias que Mario Vargas Llosa llevó a sus últimos extremos en “Lituma en los Andes”, siendo el mérito de Julio Cortázar mayor, opinamos, porque fue el primero a quien se le ocurrió la técnica, a saber: que fueran varios los narradores de la misma trama y (y aquí está lo importante) que los hilos narrativos se mezclaran entre sí en la misma frase. Para aclarar las cosas, diremos que en “La señorita Cora” son tres los narradores: el niño, la enfermera y la madre del niño; pues bien: en un mismo párrafo, sin puntos aparte ni puntos y seguido, habla primero el niño, en la misma frase pasa a narrar la enfermera y también en la misma frase habla la madre. Parece complicado y de hecho lo es. El cuento tiene además una tensión inesperada. Uno esperaría que tal sistema de contar resultara artificioso y abstruso, difícil de entender. El gran mérito de Cortázar es conseguir exactamente lo contrario: una historia ágil de leer, fácilmente comprensible y muy entretenida. Además de contar con un final inesperado, pero ese punto lo soslayamos para no despachurrar argumentos. Espero que os guste este cuento, fácil de encontrar en, por ejemplo, los volúmenes de cuentos completos de Alianza Editorial o (más caros) en los dos tomos que publicó hace unos años Alfaguara.

sábado 2 de agosto de 2008

Más de Julian Barnes


“Naufragio”
De Julian Barnes


Este es otro de los mejores cuentos que podemos encontrar en el volumen “Una historia del mundo en diez capítulos y medio”, que ya os comentaba un poco más abajo en relación con el cuento “El polizón”. Como éste, “Naufragio” está ambientado en el mar. Se trata de una explicación de un suceso histórico a raíz de la interpretación de un cuadro, que os pongo aquí al lado para que lo veáis, el cuadro se titula “La balsa de la Medusa”, y lo que hace Barnes en el cuento es tejer una historia en capítulos independientes; por un lado se nos cuenta cómo se sucedieron los hechos, pues hubo supervivientes, y puedo aseguraros que la descripción que hace Barnes de los sufrimientos de los náufragos le pone los pelos de punta a más de uno. A mí me ha recordado a lo que contaba Poe en “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, pero encima sabiendo que lo relatado sucedió de verdad. Luego Barnes habla de la gestación del cuadro, de cómo se pintó, de qué significó políticamente, por ejemplo, pues la noticia del desastre conmovió a la opinión pública francesa, hubo debates serios y se habló de responsabilidades. Lo cierto es que cuando el barco “Medusa” encalló frente a la costa africana, pero no tan cerca que pudieran alcanzarla con facilidad, los supervivientes escaparon en botes y dejaron a varias docenas de personas en una balsa a la deriva a merced del viento, de las tormentas y de los tiburones. Hubo canibalismo, violencia y desesperación sin cuento. Como ya os dije, este libro de Barnes merece bien la pena, y no descarto comentaros alguna que otra de las demás nueve piezas que lo componen.

viernes 1 de agosto de 2008

Las cenizas de un best seller

“El profesor”
Frank Mc Court


Frank Mc Court tuvo el extraño privilegio de hacerse archifamoso, casi en la tercera edad, cuando su novela “Las cenizas de Ángela” recibió el Premio Pullitzer y –de paso y no menos importante- vendió varios millones de ejemplares en todo el mundo. Aquél era un best seller de calidad, si es que tal paradoja puede darse en nuestro mundo, y después de ello, el señor Mc Court lo intentó con una continuación, “Lo es”, que no tenía ni la mitad de gracia que su primera obra conocida. Tras esas dos, viene la obra que cierra la trilogía sobre lo que podríamos llamar “la vida de Frank Mc Court antes de hacerse famoso con sus libros”. “El profesor” cuenta las experiencias de este escritor como enseñante en los institutos de educación media de los Estados Unidos de la posguerra mundial. La novela carece de argumento, eso tenemos que decirlo de antemano, lo que hace Frank Mc Court en ella es hilar una serie de peripecias o anécdotas que mezclan sus recuerdos en las aulas con su vida anterior a la de profesor; y uno acaba preguntándose si no había estado mejor este hombre descargando en los muelles que aguantando a gamberretes en las aulas del bachillerato americano. El libro no es ninguna obra maestra, pero se deja leer con facilidad, yo mismo lo utilicé para pasar el rato en un hotel mientras aguardaba la hora de irme a la estación a tomar el tren. Un libro entretenido que marca, creo yo, el punto final de la carrera de Frank Mc Court como escritor de masas. Muy por encima, desde luego, de esos mazacotes a los que nos tienen acostumbrados las editoriales cuando lanzan, cada Navidad, el “nuevo gran escritor de la década”. Frank Mc Court no es un gran escritor, es como mucho un buen escritor, pero a los que les gustó “Las cenizas de Ángela” no tienen por qué disgustarles las aventuras de un maestro en los Estados Unidos de hace cincuenta años. Libro entretenido, que no es poco.