Es muy conocida por todos la tendencia que tenemos en España de alabar lo que venga de fuera, sobre todo si llega precedido por cierta aureola de escándalo. En el caso del escritor argelino afincado en Francia y nombrado con las iniciales Y.B., el escándalo viene asegurado desde el mismo título de la obra, que parafrasea la ópera rock “Jesucristo superstar”, y en la que se ha jugado conscientemente con la provocación para alimentar un texto que, bien mirado, tampoco es para tanto. Como es natural en todas las editoriales, Anagrama ha llenado la contraportada de este libro de ditirambos acerca de una novela que no vale lo que cuesta el papel para imprimirla. En efecto, “Alá superstar” es una torpe intentona de provocar que, sí, puede tener su efecto en el mundo musulmán, pero que para un lector de esta parte del mundo (donde espero vivir mucho tiempo y con salud) no dejará de ser un vacío ejercicio que sólo a duras penas merece el adjetivo de “literario”. En forma de monólogo (a imitación de las técnicas humorísticas actuales tan queridas por nuestras televisiones), el narrador, un joven musulmán afincado en Francia, nos hace una serie de reflexiones baratas sobre el hecho de ser islámico en occidente, y a remolque de ello se despacha a gusto con frases que pretenden, como decimos, provocar, pero que no ocultan el aburrimiento de un pseudo novela sin trama, sin argumento, y sin nada que merezca la pena el estipendio para conseguir este decepcionante patinazo de Anagrama.
jueves 25 de septiembre de 2008
Singular patinazo, oigan.
Es muy conocida por todos la tendencia que tenemos en España de alabar lo que venga de fuera, sobre todo si llega precedido por cierta aureola de escándalo. En el caso del escritor argelino afincado en Francia y nombrado con las iniciales Y.B., el escándalo viene asegurado desde el mismo título de la obra, que parafrasea la ópera rock “Jesucristo superstar”, y en la que se ha jugado conscientemente con la provocación para alimentar un texto que, bien mirado, tampoco es para tanto. Como es natural en todas las editoriales, Anagrama ha llenado la contraportada de este libro de ditirambos acerca de una novela que no vale lo que cuesta el papel para imprimirla. En efecto, “Alá superstar” es una torpe intentona de provocar que, sí, puede tener su efecto en el mundo musulmán, pero que para un lector de esta parte del mundo (donde espero vivir mucho tiempo y con salud) no dejará de ser un vacío ejercicio que sólo a duras penas merece el adjetivo de “literario”. En forma de monólogo (a imitación de las técnicas humorísticas actuales tan queridas por nuestras televisiones), el narrador, un joven musulmán afincado en Francia, nos hace una serie de reflexiones baratas sobre el hecho de ser islámico en occidente, y a remolque de ello se despacha a gusto con frases que pretenden, como decimos, provocar, pero que no ocultan el aburrimiento de un pseudo novela sin trama, sin argumento, y sin nada que merezca la pena el estipendio para conseguir este decepcionante patinazo de Anagrama.
domingo 21 de septiembre de 2008
Un titánico ocaso
Pocos libros del género de ensayo me han llamado la atención en los últimos años como éste. Se trata de una visión de la agonizante Unión Soviética escriba gracias a las visitas que el periodista polaco hizo al gigante herido en los años finales de la década de los ochenta y primeros de la década de los noventa. En este libro asistimos a un relato amenísimo de los desafueros cometidos con el pueblo ruso y con tantos y tantos otros que habitaban la extinta URSS. Se nos cuenta la enorme catástrofe ecológica perpetrada en el Mar de Aral, el mayor yacimiento de agua dulce del mundo en estado líquido, sólo superado por los casquetes polares, un lugar donde el mar ha bajado doce metros de nivel y ha retrocedido en algunos casos hasta ochenta kilómetros, de modo que lo que eran pueblos costeros y de vida marinera, subsisten ahora en mitad del desierto, sin saberse muy bien cómo consiguen sobrevivir sus habitantes. Se nos cuenta también la tragedia del pueblo armenio, un pueblo sin nación, sin territorio, rodeado de imperios hostiles, de odio; se nos cuenta también la masacre realizada por Stalin con el pueblo ucraniano, los diez millones de muertos en las hambrunas soviéticas de los años treinta; se nos habla del NKVD, los terribles servicios secretos rusos, y de cómo todo el imperio vivía rodeado de alambre de espino (una longitud de terreno superior a la del Ecuador de la Tierra), de modo que, siendo tan acuciante la necesidad de acero para construir las alambradas, era imposible fabricar cosas tan simples como cucharas para comer.
El estilo del escritor polaco es, como decimos, de una amenidad que hace que todo el libro pueda ser leído por cualquiera, sea de la edad que sea y de la condición social de que se trate, porque no es un panfleto anticomunista, por más que se nos hable de algunos de lo sitios más terribles del planeta, como el desaparecido campo de concentración de Kolima, un sitio donde murieron tres millones de personas al menos; sino de un retrato de una realidad que nosotros, los europeos, no podemos comprender, ni siquiera acercarnos a ella, pues Rusia, como se desprende de la lectura de este libro, no es un país europeo, no puede medirse, ni en términos geográficos, ni sociales, ni políticos, ni económicos, desde los cánones de un holandés, un francés o un español. Recomendadísima lectura para los que quieran saber algo de los tiempos que pasaron no hace mucho.
martes 16 de septiembre de 2008
Y más de Bukowski
Charles Bukowski“La senda del perdedor”
Como bien se ha dicho ya en otras partes, no es esta una novela para jóvenes, por más que relata la juventud del alter ego del escritor, el conocido protagonista de sus historias Henri Chinaski, un perdedor, como bien dice el título de este libro. Hemos de reconocerle a Bukowski, al menos, la capacidad de hacer que nos sintamos cercanos a sus personajes, y pocos despiertan tantas simpatías como este muchacho criado en los Estados Unidos de la Depresión y de principios de la Segunda Guerra Mundial, un mundo en el que su padre, poseído por las ansias de aparentar, iba todas las mañanas a hacer ver que trabajaba, cuando en realidad pasaba el día sin hacer nada, pues, como tantos otros de su generación y lugar, estaba en paro, por más que los mensajes del presidente de los Estados Unidos prometieran un futuro que, al final, sí se tornó bastante halagüeño. Todo lo contrario de la vida de este perdedor, convertido casi en un monstruo por culpa de los granos que invadían su cuerpo y que los médicos trataban, inútilmente, de extirpar con medios que encima de dolorosos eran poco efectivos. Como en tantos otros libros del autor, nos encontramos con una prosa sencilla que muestra, de todos modos, un profundo amor por la literatura, la misma que hace que Henri Chinaski se redima de sus faltas y no acabe convertido en un delincuente o en un alcohólico, y que si se convierte en alcohólico, por lo menos, sea capaz de pergeñar los argumentos de los libros que Bukowski escribió en su dilatada existencia. No es un autor cómodo de leer. Lo eso, sí, en el sentido de que su prosa es sencilla, directa y sin aditamentos; pero el contenido de sus palabras, el mensaje que transmite, puede devenir incómodo para los lectores más pacatos, para los que se escandalicen con según qué cosas. Aunque ¿qué se puede esperar de alguien que escribió un libro titulado “La máquina de follar”? Una lectura amena de un autor que ha pasado ya a convertirse en clásico, por más que la clase intelectual lo condene al ostracismo. A mí personalmente no me parece de una brillantez exagerada, pero cumple el cometido de atraer la atención sobre sus páginas, algo que no todos consiguen, digan lo que digan.
domingo 7 de septiembre de 2008
Ligera decepción
“Arthur y George”Julian Barnes
Esta novela arranca prometedora, pero va perdiendo fuelle según avanza, y al final de la misma uno tiene la impresión de quedar insatisfecho con la solución de los enigmas que Barnes plantea en el libro. Quizá estamos ante algo experimental, quizá ante una novela que trata de romper algún molde del que no tengo noticia, pero lo cierto es que la trama, que se adivina sólida al principio, va decayendo poco a poco hasta hacer perder todo el interés en un libro demasiado extenso, y ahí puede que radique su falta de interés, en la gran cantidad de páginas que lo componen. Se nos presenta a dos personajes, uno de ellos es Arthur Conan Doyle, el famoso escritor creador del detective Sherlock Holmes, quien se embarca en una cruzada para defender los derechos de un mestizo –el otro personaje– acusado injustamente, tal como el caso Dreyfus cuando el escritor Emile Zola perdió su tranquilidad, y casi la vida dicen, por defender el honor de un oficial francés y judío atacado injustamente. Ignoro si el caso que cuenta Barnes sucedió realmente o es producto de su imaginación, pero eso para un servidor no tiene relevancia alguna a la hora de analizar una obra. Qué quieren, soy así. De todos modos, la novela tiene aciertos, por ejemplo todas las primeras cien páginas crean una atmósfera de intriga ciertamente magistral, aunque luego esta intriga vaya diluyéndose en la enorme extensión del libro. También los diálogos son muy conseguidos, sobre todo los de los interrogatorios con la policía y los de la escena del juicio, lo que pasa es que en estos uno tiene la impresión de encontrarse, a veces, ante una de esas novelas policíacas baratas de las que se venden en los kioscos de las estaciones de tren. Un libro para pasar el rato, nada más, y como ahora se puede encontrar en la serie de compactos de Anagrama, pues ahí tenéis una razón para haceros con él por poco más de diez euros.
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