sábado 25 de octubre de 2008

Los hermanos Coen: ¿filones agotados?

“Quemar después de leer”

En “Quemar después de leer”, la fórmula de humor estrambótico, extravagante y demás parece mostrar sus mayores fisuras. Los hermanos Coen no han podido o no han sabido reconducir su habitual genialidad de la manera en que nos tienen acostumbrados, de modo que la película patina en varias ocasiones por falta de un hilo conductor creíble, el mismo hilo conductor que se manifiesta en sus mejores obras y que aquí, como decimos, falta. El guión es flojo, muy flojo. Se diría que los Coen han tirado de caras famosas en la pantalla (junto con algunos de sus habituales) para atraer al público. El papel que interpreta Brad Pitt lo podría haber hecho cualquier pringadillo de Hollywood, pero acudir a él, como hizo el director de “El club de la lucha”, sólo muestra las inseguridades de unos directores, los Coen, que no lo tienen muy claro a la hora de revisar su guión y darse cuenta de que, por desgracia, la cosa no da para mucho. Quizá uno de los pocos aciertos de “Quemar después de leer” es la corta duración de la cinta, que –por eso y por la delirante sucesión de episodios extraídos de una pura astracanada– no se hace demasiado pesada. Puede que ésta sea solo una excepción dentro de la carrera de los hermanos, pero algo parece dar a entender que el filón de los Coen se va agotando a pasos agigantados, y que donde antes primaba la risa y el entretenimiento, ahora sólo queda el hastío y lo predecible de unas tramas inexistentes (o tan embrolladas en sí mismas que tanto da), porque encima se hace difícil seguir las relaciones de unos personajes unidos por la casualidad y dominados por el fatalismo de una incompetencia gubernamental que, como alguien bien ha dicho ya, nos hace preguntarnos en manos de quiénes estamos, quiénes son los que dirigen el destino del mundo y hasta qué punto podemos confiar en la competencia de unos hombres, los adscritos a los servicios de inteligencia de las grandes naciones, que no son sino meros funcionarios con todos los defectos y vicios que acarrea tal condición. Por lo demás, una película entretenida, aunque sólo sea porque está hecha por los Coen, lo que ya atraerá a bastante público a las castigadas taquillas de las multisalas.

jueves 23 de octubre de 2008

Memorias orientales

Orhan Pamuk
“Estambul”

Pamuk dibuja en este libro un estupendo fresco de la vida diaria en una ciudad tan cargada de connotaciones míticas como es Estambul. “Estambul”, el libro, es también un ejercicio de añoranza, pues por algo es en cierto modo una autobiografía que abarca solamente la niñez y la primera pubertad del que iba para pintor y arquitecto, y acabó convertido en premio Nobel de Literatura. La inclusión de fotografías, al parecer tomadas por el mismo autor en sus años jóvenes, hace de la lectura algo aún más ameno para esas personas no acostumbradas a enfrentarse con el papel lleno de hormigas negras. El estilo de Pamuk es claro y directo, como el de la mayor parte de los grandes autores que rayan en la genialidad. Estambul se nos muestra aquí como una ciudad triste, algo que obsesiona a Pamuk a lo largo de todos sus capítulos, que podríamos dividir en dos bloques no necesariamente ordenados: los que hablan de la ciudad propiamente y los que lo hacen del autor. Así, sabemos de las costumbres antiguas de la gran urbe, de las mansiones de madera que, regularmente, arden a las orillas del Bósforo, de las manadas de perros vagabundos, un mal secular que nadie hasta ahora ha podido o sabido extirpar de la población; también tenemos noticia de todos esos autores occidentales que, como Flaubert, se sintieron atraídos por el exotismo de Oriente hasta que se dieron cuenta de que Estambul era “demasiado” exótica para ellos; la suciedad de la capital turca es también un tema que se toca en más de un capítulo, así como el sorprendente hecho de que la población se haya multiplicado por diez, pasando de un millón a diez millones de habitantes en poco más de medio siglo, lo que, imaginamos, habrá traído problemas logísticos sin cuento, por no hablar de los urbanísticos. Un capítulo que atrae con especial interés es aquel en el que Pamuk rememora cómo se dedicaba a contar barcos a partir de que una noche, accidentalmente, vio pasar por el estreno un enorme monstruo marino que no era sino un acorazado soviético en misión hacia lejanos países; al hilo de esto, también se nos cuentan los accidentes que ha habido en el estrecho, choques entre barcos que, abandonados por su tripulación, dejados a su suerte y por lo tanto inermes ante las corrientes marinas, derivaban de un lado a otro del Bósforo, ardiendo, sin que nadie pudiera hacer nada, como no fuera, los habitantes de las orillas, pedir a un dios lejano que el incendio de los barcos se mantuviera alejado de sus casas.

domingo 12 de octubre de 2008

Las frágiles murallas de la locura

José Saramago
“Ensayo sobre la ceguera”


Pocas veces se ha dado la circunstancia de un Premio Nobel que sea al mismo tiempo un escritor popular. En el caso de Saramago no sabemos ahora mismo si el premio fue causa o consecuencia de su popularidad, pero lo cierto es que novelas como la que nos ocupa se leen de un tirón, al igual que les sucede a algunas de Gabriel García Márquez. La historia, a estas alturas, es conocida por todos: una epidemia de ceguera asola la humanidad completa (o por lo menos esa completitud se da a entender, aunque en ningún momento se sitúa la acción en un país o una época determinada, por más que los referentes mecánicos –coches, semáforos, médicos– nos dan una somera referencia cronológica). Las condiciones en que viven los protagonistas de la historia, que se conocen todos de modo accidental en una especie de centro de reclusión para ciegos, van degenerando desde la desgracia objetiva de no poder ver hasta los extremos más abyectos de la crueldad humana. La condición humana es el motivo que mueve toda esta obra de Saramago: hasta qué puntos de aberración pueden llegar los hombres cuando los abandonan a su suerte y a sus medios, cuando desaparecen las leyes, la autoridad, el respeto. Estos temas ya han sido tratados hasta la saciedad por innumerables escritores, pero es en el estilo fácil y directo de Saramago donde estas cuestiones adquieren su dimensión más tenebrosa. La novela se lee casi como un best seller, pero por supuesto es mucho más que eso: una de las reflexiones acerca de lo miserable de la existencia humana, de lo cogidas con alfileres que están todas nuestras convenciones sociales, y de cómo todo se puede ir a la porra en cuanto suceda algo (una crisis de cualquier tipo, por ejemplo) que derribe las frágiles murallas que nos separan de la locura.

martes 7 de octubre de 2008

Muy poca calidad

Joe Hill
“El traje del muerto”


Eso de contar con un padre famoso tiene sus ventajas, aunque al padre de uno se le haya acabado el talento y sus novelas empiecen a atufar. Lo mejor en estos casos es, puesto que el padre tiene éxito incluso con sus peores novelas, escribir una que se les parezca. Eso es más o menos lo que ha hecho el señor que escribe con el pseudónimo de Joe Hill, escritor de muy estrechas miras para quien no faltan los elogios en la prensa internacional (faltaría más). Con la ayudita, es un suponer, de su padre, el señor Joe Hill, hijo por más señas de Stephen King, lo diremos ya, ha pergeñado una absurda historia de fantasmas que hubiera resultado para un cuento más o menos aceptable, pero que hinchada hasta la saciedad en un grueso tomo de más de cuatrocientas páginas, lo cierto es que no da para mucho. No es para escandalizarse que un hijo de un escritor famoso redacte novelas (esta es la primera, anteriormente tiene un libro de relatos que parece no haber sido publicado por estos lares), y menos en un país, el nuestro, donde ganan premios literarios de postín gente que ni siquiera son escritores. Al margen de estas consideraciones, llámenme envidioso si quieren, hay que admitir que la novela puede llegar a ser entretenida por momentos, pero que en definitiva se deshincha poco a poco y queda en una delirante historia acerca de un viejo rockero (de los que nunca mueren, oiga) perseguido por el fantasma de su suegro, enviado junto con un traje de mal gusto que el viejo rockero tiene la mala fortuna de destruir, con lo cual cualquier forma de exorcizar al fantasma queda tirada por tierra. Una novelucha que no vale el papel que cuesta imprimirla, y que no creo que agrade ni siquiera a los fans del género de terror. Si Stephen King está acabado, su hijo ni tan sólo merece la pena de empezar a leerlo. Habrá quien piense de otra manera, para gustos están los colores, y si no que le pregunten al autor de “El niño del pijama a rayas”, otro absurdo tochete que, sin embargo y por sorpresa, ha escalado los más altos puestos de las listas de venta en medio mundo. Pero ese es otro tema.

domingo 5 de octubre de 2008

Condenados al olvido

Ruszard Kapuscinki
“Ébano”

Animado por la lectura de su otra gran obra de viajes, “El imperio”, me decidí por este libro, y cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme un texto aún más interesante que el dedicado a la antigua Unión Soviética. Si para un europeo de hoy la extinta URSS es una fuente de estupor, la actual África o la de hace cincuenta años (que es el período de tiempo que abarcan estas, digamos, “memorias viajeras”) no para de darnos temas sobre los que reflexionar. El autor ha hecho un texto basándose en sus viajes por el continente africano durante, como decimos, unas cinco décadas, y ha ido dividiendo el texto por países, poco más o menos. Así, tenemos constancia de algunos de los lugares más pobres de la Tierra, sitios donde una persona sólo tiene como única posesión una camisa (que le permite trabajar como vigilante en una obra, pues nadie contrata como empleado de seguridad a alguien que no tiene con lo que vestirse) o una olla castigada pero todavía en uso que le sirve para cocinar unas tortitas, y con el dinero de los beneficios dar de comer a su (numerosa) prole. Por eso, se cuenta también, el robo está tan condenado en África, o más bien tan mal visto. Un ladrón sorprendido in fraganti puede ser asesinado allí mismo, pues arrebatarle, por ejemplo, la olla a la mujer que sólo tiene esa posesión, es quitarle, por definición, todo lo que tiene, el medio con el que se gana la vida. De ahí que la policía en muchas ocasiones intervenga en los robos no con la principal misión de detener al ladrón, sino con otra de proteger al delincuente de la ira de la masa que quiere lincharlo. Se nos habla del terrible calor que asola esos países, lugares donde la gente literalmente se queda inmovilizada, parada sin hacer nada durante horas hasta que llega la noche que, con su relativo frescor, nos permite caminar unos pasos sin morir asfixiados. Se habla de algunas grandes tragedias del país, como la matanza de Ruanda y Burundi, la historia de la guerra civil más larga de todos los tiempos (o una de las más largas), la de Sudán, enfrentado el norte musulmán, árabe y blanco con el sur, de religión pagana y negro; o la otra guerra civil, la de Eritrea contra Etiopía, de modo que cuando Eritrea consiguió la “libertad” se topó con una clase de militares, las milicias eritreas, sin nada que hacer y armados hasta los dientes. Y así, de este modo, se van pasando las páginas de un libro fascinante que no puede dejarse de leer desde la primera hasta la última línea, como un viaje por un lugar donde la miseria campa a sus anchas, pero donde la gente todavía tiene ganas de reírse y bailar, como si llevaran a sus últimas consecuencias eso de “a mal tiempo buena cara”. No creo que los que vivamos en Europa occidental le demos valor a las cosas que tenemos, como el agua corriente, que para la inmensa mayoría de los africanos no es más que un sueño irrealizable; por no hablar de coches, aires acondicionados o supermercados, farmacias y hospitales. No sabemos la suerte que tenemos, nos tendrá que faltar algún día todo esto para que lo valoremos en su justa medida. Mientras tanto nos queda analizar a distancia el atroz sufrimiento de los africanos, habitantes de un continente condenado al olvido y al dolor.