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miércoles 16 de noviembre de 2011

El autor del momento

Mario Vargas Llosa:
La ciudad y los perros
Más vale llegar a tiempo que rondar un año. Cuando Llosa era joven y no podía soñar siquiera que iba a acabar ganando el Premio Nobel, compuso con gran esfuerzo (suponemos) esta larga novela ambientada en el colegio militar donde él estuvo interno siendo adolescente. La novela ganó el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Y aquí se le abrió a Llosa el camino hacia una fama que ya nunca le abandonaría. Por cierto, en el prólogo de la edición que maneja un servidor, el mismo Llosa se encarga de contarnos que el premio era un apaño, un arreglo para que lo ganase él y no otro. Sic transit gluria mundi. Llosa ganó y fue ya para siempre Mario Vargas Llosa, autor de novelas de mérito y otras de no tanto. La ciudad y los perros escora ligeramente hacia las de mérito, pero por momentos puede resultar aburrida. Se debe eso, a nuestro entender, a la fastidiosa manía que había en los años sesenta de escribir novelas experimentales, sin argumento. No es que La ciudad y los perros carezca de argumento. Lo tiene. Y también una trama muy sólida. Pero, como decimos, Llosa no pudo sustraerse a la tentación de dejar bien claro que él también sabía realizar experimentos literarios. Y de este modo construye en esta novela varias historias paralelas que a veces embrollan al lector acostumbrado, como un servidor, a las narraciones lineales. También confunde a veces el exceso de peruanismos, pero bueno, al fin y al cabo eso es una marca de la casa cuando se habla de Llosa. En todo caso, La ciudad y los perros es un retrato (no sé si fiel, pues desconozco el original) del ambiente en un colegio militar en el Perú de hace sesenta años. Antonio Muñoz Molina construyó un artificio literario algo parecido (pero mejor) en su semidesconocida obra autobiográfica Ardor guerrero. Llosa hizo lo que pudo, que era bastante, y reflejó el ambiente claustrofóbico de una sociedad de hombres donde la ausencia de mujeres exacerba los instintos crueles, dominadores; sádicos incluso. La competitividad de los machos cuando los dejan solos. Muñoz Molina sabía un rato de eso. Y Llosa también. Pero, francamente, nos quedamos con lo que hizo Molina, que, mucho nos tememos, no va a ganar nunca el Nobel. Más vale llegar a tiempo, como decíamos al principio. Algo debió de hacer bien Llosa, pues según se cuenta, en el colegio donde él estudió de joven se quemaron públicamente ejemplares de su obra. Quiero creer que esta, como tantas otras, es una leyenda, una historia apócrifa ideada más por fines publicitarios que por mala fe. En todo caso, a Llosa le salió la jugada redonda. Puede que dentro de unas décadas, pocas, nadie le recuerde. Mientras escribo estas líneas es, sin embargo, el autor del momento.