H.P. Lovecraft:
El clérigo malvado y otros relatos
Este título fue publicado por Alianza Editorial como una especie de restos de almacén. Esto es, el material que en él se encuentra fue rebañado de entre la obra traducida al español y no publicada antes en la colección de bolsillo de Alianza. Reúne, pues, el tomo algunos cuentos ciertamente curiosos de un escritor que, justo es reconocerlo, carecía de cierta habilidad técnica. Tal valladar queda compensado de sobra con una imaginación fuera de lo común. Lovecraft vivía en un mundo de aislamiento. Ya se ha encargado de hacérnoslo saber (por si hacía falta a estas alturas a sus seguidores) el maestro francés de la novela actual Michael Houellebecq. Este polémico autor ha publicado un enjundioso estudio sobre la vida (y menos sobre la obra) de Lovecraft, un hombre que se perdió para la existencia humana pero se ganó para la literatura. Es nebuloso elucubrar si eso le plació, le compensó o siquiera le hizo algo feliz. Este extremo se pone en duda cuando uno se introduce en los tenebrosos abismos que se abren a la mente del lector de los cuentos que integran esta recopilación. En “El clérigo malvado”, se rescata el antiguo tema de las maldiciones seculares que se mantienen pasados eones; en “Él”, se nos habla de insondables abismos de tiempo y de espacio, utilizando una jerga altisonante muy propia de Lovecraft que en boca de otros suena a vacía pero que en él era una seña de identidad que sus lectores buscábamos como quien lo hace con un tesoro o una botella de buen vino; en “Los muros de Erix” hay una anomalía en la obra del hombre de Providence: un cuento de ciencia ficción incrustado en un corpus que es todo él (y no solo en este volumen) un catálogo de horrores; vencido el variable estupor causado por el cambio de género, solo queda disfrutar; en “La transición de Juan Romero” se nos habla de antiguos cultos, de profundos abismos (estos, sí, literales) hallados en una sima donde trabajan mineros de varias nacionalidades, entre ellos, por supuesto, Juan Romero; en “La calle” se da pábulo a aquellos que tacharon a Lovecraft de racista (y ciertamente resulta difícil encontrar otra causa que el racismo neurótico para explicar el contenido de esa historia); en “Horror en Red Hook” nos sumergimos de lleno en el terror nada liviano, en el espanto, en la opresión del mal que aquí, a diferencia de lo trabajado por su maestro Machen, Lovecraft retrata despojado de toda morigeración, de todo disfraz lenitivo; en “Encerrado con los faraones”, Lovecraft utiliza su dispersa erudición para dejar sin aliento (quizá no sea hipérbole) al incauto lector que no sabe dónde se mete. Cómprenlo.

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